Buenos días Sevilla.

 

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Buenos días.

Ya llega la explosión. La primavera me encanta. Tanto como me deprime. Y hoy, además, cambian la hora. Lo que me mata. Me mata y me deprime, pero me encanta.

Tengo la suerte. Y la desgracia. De estar en un sitio dónde la primavera es completamente diferente del lugar dónde nací. Y es maravilloso. Quiero decir. En el sentido de ser muy exótico. Tremendamente exótico.

España. O al menos mi España. Mi tierra. Es amarilla. Hay poco verde. Y ni falta que hace. Ahora estoy empezando apreciar la belleza de ese color. La belleza de ver cómo la naturaleza se adapta, siempre, a la hostilidad del medio ambiente. Alemania es verde. Y marrón. Y gris. Depende de la época del año. Pero ahora es verde. De nuevo, la naturaleza se adapta al ambiente.

En los próximos días los árboles pasarán de estar muertos, a llenarse de hojas. Y flores. Los pájaros volverán. Las calles se llenarán de verde. Desaparecerá el gris. Y el marrón. Aparecerán miles de tonalidades de verdes diferente. Y de rojos. Me encanta. Una experiencia nueva.

Pero me pone triste.

Tengo idealizado el lugar dónde nací. Mucho. Nadie sabe lo mucho que amo mi tierra. Casi tanto como puedo llegar a odiarla. Pero para mi Sevilla es primavera. Es abril y mayo. Algún día de junio. Es cuaresma. Semana Santa. Feria. Corpus. Rocío. Tardes al sol. Playa. Calor. Cerveza. Calle. Olor. Azahar. Alegría. Diversión. Y esa imagen me machaca muchas veces.

Así es la mente. Hace. Además. Casi 4 meses que no estoy en casa. En mi otra casa. La que seguro siempre será mi casa. La de mis padres. Y lo estoy idealizando todo demasiado. Después voy, y todo vuelve a su ser. Mi mente funciona, en este caso, como la de un drogadicto. Me pide un poco de mi droga. Un poco de Parque de María Luisa. Un poco de Triana. De Altozano. De barrio de Santa Cruz. De palomita en la Alfalfa. De churros. De montaditos. De mojito. De paseo. De disfrute. De risas. De bromas.

A la gente de Sevilla le gusta mucho recordar una frase, creo, atribuída a Antonio Gala que dice algo así como: “Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo…lo peor es que puede que tengan hasta razón”. He viajado poco. Muy poco para lo que me hubiera gustado. Muy poco para lo que necesito. Y poquísimo en relación con lo que hay que visitar. Pero he viajado lo suficiente para saber que Sevilla no puede ser considerada objetivamente la ciudad más bonita del mundo. No sé cual sería en su caso. Pero no Sevilla. Pero la frase tiene sentido. La frase y la realidad.

Sevilla es tan bonita. Tan sumamente dulce. Que si fuera mujer, te obligaría a volver la cara a su paso. Por eso cualquiera podría enamorarse. Vivir enamorado. Soñar que ella le corresponde. Necesitarla. Amarla. Desearla.

Por eso me pone triste la primavera.

Sevilla en primavera es como una mujer vestida de flamenca. Está en su cénit.

Ya queda menos. Muy poco. Menos de lo que creen. Qué ganas.

Voy a disfrutar de lo que tengo. Que no es poco. Pero seguiré pensando en tí. Sevilla.

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