De arte

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Algún día llegarán. Me refiero. A las canciones en español. Ya llegarán.

Un rinconcito de arte.

Eso es algo que se echa de menos. Siempre me gustó más la expresión “hechar de menos”. Más que “echar de menos”. Para mi “echar” es como tirar. “Échame una cerveza”. “Échame el balón”. “Échame las llaves”. Hacer tiene algo más de profundidad. “Te hecho de menos”. Haces que algo me falte. A veces es horrible que sea considerada falta de ortografía algo tan bonito. Me molesta.

Hay muchos tipos de rincones de arte. Lo explico. Porque me temo que es una cuestión muy de mi tierra. Muy de mi familia. Muy de mi gente. Muy de leña.

“Leña” es también una expresión muy del sur. Muy de mi gente. Y que me encanta. Usando “leña” puede dar tu aprobación a cualquier cuestión. A la misma vez. Qué pena que no pueda escribirse “Alamismavé”; lo que me gustaría más. Pues eso. A la misma vez. Con “Leña” puede mostrar desaprobación por todo. Todo depende de la cara. Eso es maravilloso.

¿No es maravilloso necesitar una cara/una expresión para dar realismo/carácter/validez a algo que expresas? Es una de las cosas que más me gusta de mi idioma. De mi gente. De mi zona. No es exclusivo. Pero en nuestro caso, es excluyente.

Es igual que “chiqui”. La referencia “chiqui” con respecto a una persona es maravillosa. “Chiqui” es una chiquilla. Un chiquillo. Un joven. Alguien que se siente así. Y a la misma vez es una mujer madura. Una mujer sexy. Guapa. Atractiva. Atrayente. Sexual. Poderosa. Jaca.

Al grano. Al turrón. Cada vez que escucho esta expresión, me acuerdo de una canción. “Chacarrón Macarrón”. Corría el verano de 2005. Yo estaba trabajando en Ramos Sierra. Un almacén de material eléctrico. De mozo. De buen mozo. De mozito. Ese verano salió esta canción. Se hizo famosa cómo tantas cosas se hacen famosas; sin saber uno por qué. Pero el caso es que lo era. No recuerdo el nombre de mis compañeros. Y eso que éramos unos pocos. Me imagino que cuando sea mayor me acordaré. Eramos unos pocos. Y buena gente. Muy buena gente. Menos el jefe de almacén. Un tío de Madrid muy desagradable que me atacaba por el hecho de que, al ser universitario, sabía que no dependía de él, y eso le jodía. Algún día me explayaré en esta experiencia. Muy grata. Al grano. Al turrón. Era un almacén muy grande. Bastante. Al menos bajo mi punto de vista. Y era verano. En Sevilla. Mucho calor. Trabajábamos bien. Mucho. La cosa iba bien. Pero teníamos lo que en este post se llama un “Rinconcito de arte”. Entre tubos corrugados. Terminales. Enchufes. Entre cajas de registro. En la parte alta del almacén. Recuerdo que estámos hablando de Sevilla. Agosto. 40 grados a la sombra. Planta alta de una nave. Con techo de uralita. Vamos, el infierno. Pero allí teníamos un rincón de arte. Perdonad que no haga varios párrafos; pero es que sino, divago. Como el doctor. Total. Ese era el rinconcito dónde, los que fumaban, fumaban. Los que ligaban, relataban. Los que mentían, mentían, Los que escuchábamos, escuchábamos. Allí pasé ratos muy graciosos. Muchos. Aprendí cosas. Cosas que no sabía. Yo tenía novia. Era muy inocente. Demasiado. Qué pena. O no. Al caso. Cuando aquello se nos iba de las manos. Había un compañero. Al que sustituí. Casualmente. El año anterior. En otra empresa. Como conductor de furgoneta. Que parecía un super héroe. Que decía “Al turrón, al turrón”. Como la canción referida arriba “Chacarrón macarrón”. Qué punto. Entiendo que no lo entiendas.

Ese es un rincón de arte.

Qué cantidad de momentos de arte vividos. En ese sentido tengo que destacar a tres personas. Jose Mari. Manu y Nacho. No necesariamente en ese orden. Habría más. Como JuanMa. O Alberto. O Pepe. Muchos. Pero los tres primeros. Por concurrencia. Ganan.

Un rinconcito de arte es ese sitio en el que te dejas llevar. Dónde sólo hay lugar para pasarlo bien. Para la chufla. La broma. El jaleo. El tonteo. El arte. También el cante o el baile. Da igual lo que pase dentro. Es arte. Es tu rincón. Tienes derecho. Nadie te lo puede quitar. Es tu verdad. Es por lo que vives.

Eso lo echo y lo hecho de menos.

Y no porque aquí no sea posible. Es más porque aquí es diferente. Mucho. Tendré que acostumbrarme. Buscarlo. Levantarme flamenco aquí es diferente. Mucho también.

¿Se puede ser flamenco en Berlín? Sin duda. Ser flamenco. Cómo ser torero. Es una actitud. No tiene nada que ver con cantar. O torear. Es una actitud. Un deje. Una forma de vida. Y yo tengo un “ramalazo” de eso. Gordo. Tela. Y me enorgullezco.

Pues eso. Mi narrow scape sería mi rincón. De arte. De arte.

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