Cómo irte a vivir a Alemania (1)

Flores

Sigo por Berlín.

Definitivamente no he escrito demasiado en los últimos meses. Años. Nunca.

Hay que cambiar eso.

En la semana que empieza celebro dos años viviendo en Alemania. Bueno en Berlín. No es exactamente lo mismo.

Creo que puede ser un buen ejercicio hacer un resumen de qué han significado estos dos años tan lejos, o tan cerca. De las muchas formas en las que podría estructurar el resumen, elijo hacerlo en dos etapas, no necesariamente marcada por ninguna fecha, o acontecimiento.

Pero antes, vamos a ponernos en antecedentes:

Cuando llegué (2013), acababa de dejar la ciudad que me había visto nacer y vivir durante 30 años. Mi familia, mis amigos, mis historias, todo se quedó en Sevilla. En esa época estaba trabajando en una empresa de investigaciones médicas, y tenía mi despacho. Días antes de venir, terminé mi MBA.

El año inmediatamente anterior (2012) había supuesto mi emancipación; hubo determinados cambios en mi familia (mi padre perdió su empleo, y empezó valientemente, a ganarse la vida como taxista) y en mi situación económica (accedí a un puesto de trabajo bien remunerado y estable; y el despacho marchaba bien) que me llevaron a pensar que lo mejor que podía hacer, y de la mejor forma que podía ayudar, era cogiendo un poco de distancia intentando, a su vez, ayudar desde fuera. No me fui muy lejos, pero si lo suficiente como para saber que una etapa de mi vida se cerraba (juventud), y empezaba otra (madurez).

La distancia me llevó a descubrir muchísimas cosas que me gustaban de mi familia, y no sabía disfrutar. Me llevó a acercarme de otra forma a los integrantes de la misma (especialmente a mis padres); me dio independencia; y (pero) me hizo sentir sólo. Ya entonces (y desde hacía dos años) no tenía cerca a la persona que quería (mi pareja), ni vivía con mi familia. Por aquella época mis días estaban llenos: dos trabajos y la universidad suponían muchas horas en la calle, muchas horas trabajando, mucho ejercicio mental.

Fue también la independencia y la carga de trabajo la que me llevó a descubrí al que ha sido mi gran aliado en los últimos años: el deporte. Tanta carga mental, tanta responsabilidad, tanto socializar, me creó la necesidad de buscar un vía de escape, crear un momento de tranquilidad, de escuchar música, de pensar, de planear, etcétera.

Empecé a hacer ejercicio, a encontrarme mejor; a ponerme pequeñas metas que iba logrando. Muchas veces pienso que el deporte ha actuado como una droga en mi. Esa sensación de euforia me llevó a tomar decisiones de una forma precipitada, mal medidas y, en definitiva, equivocadas.

Ya por entonces los fines de semana se convirtieron en visitas familiares, dónde podía volver a sentir la sensación de estar en casa de mis padres, en la que había sido mi casa durante tantos años, y poder pasar tiempo con quienes siempre había compartido mi vida. Me gustaba levantarme un sábado temprano (siempre me ha gustado) e irme a desayunar con quien hubiese en casa. Sacar al perro mientras mi madre me preparaba el café. Ir a tomar churros. Hacer la compra. Escuchar.

Como ya no estaba dentro de casa, y buscaba la forma de ver a todos los miembros de casa de forma independiente, me fui convirtiendo un poco en el confidente de todos ellos. Ahora los cafés con mi madre, o con mi padre, servían para intentar resolver, o buscar una explicación, a las cosas que estaban pasando en casa. En no pocas ocasiones sentí que estaba metiéndome dónde no me llamaban. Por suerte, nunca valoré. Simplemente opiné. Traté de ser coherente con mi forma de pensar, sin olvidar el hecho de que en ese momento estaba intentando ser el hombro de quienes siempre habían sido el mío.

Así las cosas, poco a poco me iba sintiendo más independiente con respecto a mi, pero más responsable de mi familia.

(…)

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