Cómo irte a vivir a Alemania (2)

Ramo

(…)

Como comenté, el año anterior a venir a Alemania supuso mi independencia.

Durante algo más de un año estuve viviendo en mi misma ciudad de siempre, pero algo alejado del que había sido mi entorno. La experiencia fue muy satisfactoria. Tuve la suerte de compartir piso con una persona fantástica que hizo fácil lo que con otros suele ser más difícil. Fue la mejor forma de dar este primer paso.

Pero seguía sintiéndome solo.

La única forma que tuve de escapar de esa soledad era trabajar mucho, volver a la universidad, hacer deporte y en definitiva llenar el día de cosas que me mantuviesen al margen de la soledad. Los únicos momentos de tranquilidad eran los viernes y sábados por la noche, cuando tenía tiempo de estar sólo y tranquilo en casa.

El fin de entrar de nuevo a la Universidad fue tratar de darle a mi perfil profesional un valor que lo hiciera más interesante fuera de España. A una persona con mi perfil podría resultar interesante para una empresa con un MBA. Al mismo tiempo empecé un curso de inglés que duró un año.

Los meses fueron pasando y, al mismo tiempo en que me iba consolidando como profesional, intentaba mejorar las carencias que pudiera tener de cara a buscar trabajo en el extranjero; mejorar el idioma; e intentar ahorrar lo suficiente como para permitirme la aventura de cambiar de país a los 30.

Ya por entonces llevaba tiempo convencido de que el camino era venirme a Alemania. Por aquella época, Alemania suponía el respiro que necesitaba. Suponía paz. Suponía felicidad. Y entiendo que por ello todo lo que hacía iba destinado a que más pronto que tarde decidiera venirme.

Fue en la Navidad de 2012 cuando tomé la decisión definitiva y lo hablé con mis padres. Ya tenía además, una fecha: verano de 2013.

Había muchas cosas que preparar, poco tiempo para hacerlas, y yo seguía teniendo los días llenos.

Por una cuestión de honestidad, entendí desde el primer momento que había una persona que necesitaba conocer mi decisión para que pudiese buscar un reemplazo, y ese fué mi compañero de piso. Pusimos una fecha, y por lo tanto, la decisión estaba aun más clara. Ya estábamos en un punto de no retorno. El 31 de mayo debería dejar el piso.

El siguiente paso fue hablar con mi empresa. Entiendo que todo el mundo actúa de otra manera muy diferente, pero tenía un gran aprecio hacia las personas a las que estaba unida profesionalmente, y por ello entendí que también deberían conocer mis planes desde un primer momento. Así, a principios de 2013, muchos meses antes de la fecha de partida, hablé con ellos y les expuse mis planes. Tengo que reconocer que su reacción fue muy buena, y siempre me apoyaron en lo que pudieron. Me encargaron la búsqueda de una persona para sustituirme, y seguimos trabajando como si nada.

Al despacho también lo fuí dejando morir poco a poco. Hablé con mi compañera a los efectos de hacerle saber que iba a dejar la oficina, y empecé a derivar clientes hacia otros compañeros.

Y ese fué el principio del fin.

(…)

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