Otro error

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De esto hace ya unos años.

Acababa de dejar el despacho dónde hice mi pasantía. Me habían obligado a tener que dejarlo. Una compañera se empeñó en que lo dejara, con el silencio del que bajo mi punto de vista debería haberlo impedido.

Y me fui.

No tardé mucho tiempo en ponerme en marcha de nuevo. Preparé por primera vez mi CV, me cree una nueva dirección de correo electrónico (que aun me acompaña) y me tiré a la calle a buscar trabajo. Al mismo tiempo, intenté que la fundación de mi Universidad me ayudara en ese fin. Gracias Primitiva.

No pasó más de un par de semanas hasta que me surgió la primera entrevista en un Despacho de Abogados.

Llegué, pasé la entrevista y me encontré por primera vez con un problema que después se repetiría en el tiempo (cada vez con más asiduidad). El director del despacho me dijo que, si fuese mujer, no tendría ninguna duda sobre contratarme; pero que siendo hombre no lo veía claro. Afortunadamente, su mujer, y compañera, intercedió en mi favor y acabé obteniendo el trabajo.

La relación no empezó bien. Se me olvidó (de verdad) comentar en la entrevista algo que limitaba mi tiempo para acudir al despacho; y el director del despacho lo tomó como un engaño deliberado. No lo fue. El primer día, además, un ex-inquilino de mi jefe vino a hacer sus necesidades a nuestra puerta, y tuve que gestionar el asunto (sin limpiarlo).

Pero después la relación fue mejorando bastante. Recuerdo que mi primer encargo fue redactar una demanda. Tengo la sensación de que ese encargo fue una prueba: querían, a mi entender, comprobar cuantos días tardaba en redactarla, y cómo lo hacía. Recuerdo que tardé un par de horas o tres en hacerla, con resultados muy buenos. Aquello fue un verdadero éxito, y me puso en mi sitio. Era un recién licenciado, pero traía conmigo algunos años de experiencia. Tras esos encargos vinieron otros muchos, resueltos de forma satisfactoria. La relación con los jefes al principio fue fría, pero fue mejorando.

Poco a poco me fui ganando la confianza de ellos, y empezaron a descargar responsabilidad en mi. Había días en que sólo yo estaba en el despacho; sobre todo con el buen tiempo. Los clientes empezaron a llamar preguntando por mi, sabiendo que era la vía rápida de resolver algún asunto. Me sentía bien. Y creo que mis jefes también.

Pero cometí un error. O dos.

Por aquella época ya tenía claro que quería tener mi propio despacho. Si podía trabajar para otros, podría trabajar para mi. Sin intermediarios. Lo conseguido sería mío.

También por aquella época estaba estudiando un Máster de Derecho Fiscal en la Cámara de Comercio de Sevilla. Allí había dos personas especiales. El primero era Nacho, que aun hoy sigue siendo uno de mis mejores amigos. El otro era Adrián. La relación con este segundo era especialmente buena. Teníamos mucha sintonía. Él por entonces estaba acabando la carrera de derecho y, con motivo de la edad, estaba también pensando en embarcarse también en un proyecto profesional independiente. Y decidimos llevarlo en común.

Hablé con mi jefe y conseguí que (sin cobrar) Adrián se viniera conmigo al despacho a diario. A practicar. Ahora lo veo como un error. Y creo que fue un error porque, desde el primer momento, la relación entre ellos no fue buena. El trato que se dispensaron fue injusto en la misma medida y, como no podía ser de otra manera, la cosa terminó mal. Y aquello me afectó profesionalmente. Todo lo que había ganado anteriormente quedó diluído. Tenía que empezar de cero. Por suerte, tenía algo de tiempo por delante.

El otro error fue solicitar una ayuda a la Junta de Andalucía que aun sigue dando vueltas. Y esta si que es una cuestión bastante larga de contar.

Todo lo relatado hasta arriba ocurrió desde febrero de 2009, a abril del mismo año.

Tengo que agradecer que, a pesar de lo ocurrido, desde el despacho me renovaran por otros 3 meses. Tres meses en los que trabajé mucho. Me dejé la piel, y traté de aprender muchísimo. Y llegó final de julio, y con ello el final del contrato. Y de nuevo otro error.

En los seis meses anteriores había demostrado sobradamente mis capacidades. Sólo necesitaba ir a juicio para cerrar el círculo. Yo lo sabía, y mis jefes también. Y llegó el momento de renovar.

Mi jefe no me hizo ninguna oferta, sino que me propuso que se la hiciese yo. Y me pasé. Le pedí muchísimo más de lo que me correspondía. Nuevamente, por soberbia, me creí por encima de dónde estaba, y metí la pata. Lo peor fue que me aceptaron las condiciones, y después dije que no quería seguir. Olvidé lo aprendido. Olvidé la confianza. Olvidé la relación personal. Y me fui.

Ahora lo veo de nuevo como un error en mi carrera.

Lo que vino después estuvo bien, pero fue muy duro. Debería haberme quedado. Haber aprendido. Haberme hecho un nombre. Haber evolucionado. Pero no.

Ahora recuerdo aquel tiempo con cariño. Aprendí, de nuevo, muchas cosas. Qué hacer y qué no hacer. Me volvieron a tratar con cariño, y reaccioné mal. Es verdad que, personalmente, los compañeros del despacho no eran 100% compatibles conmigo. Pero asumo que fue mi error. En este caso, si que un tiempo después les contacté para disculparme, para agradecer lo que me ofrecieron, y para reconocer mi error. Con lo que esa etapa esta acabada de forma satisfactoria. O al menos, eso creo.

Aprendí que hay que saber decir adiós. Es lo mejor que me llevo de aquello.

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