Religión

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No permita la Virgen…

Bonita canción.

Me gustaría creer. Quiero creer. Pero no puedo. No me dejan. O dejo que no me dejen.

Hoy me gustaría escribir un poco sobre una experiencia que me enseñó mucho. Me enseñó mucho sobre lo importante que es saber qué quieres, y qué no.

Corría el año 2007, quizá 2008, o incluso 2006. Como comenté anteriormente por aquí, ya estaba en mi primer despacho. Este despacho era, y es, de un buen amigo de mi padre. La amistad de este hombre, Juan Manuel, con mi padre viene de dónde muchas otras de las que tiene este último: una hermandad de Sevilla.

La Hermandad ha estado siempre muy presente en mi vida. Desde pequeño. La vida social de mis padres, en todos los ambientes, giraba en torno a esta. No sólo en Semana Santa. Todo el año, también en otras fiestas muy disfrutadas, y celebradas, en mi casa como Feria, Rocío, Corpus…

El grupo de amigos de mis padres en ese ámbito era, y es, un conjunto muy variopinto de personas. Personas de todos los estratos sociales, culturales, económicos, laborales,… pero puedo decir que un grupo agradable. No obstante lo anterior, el ambiente cofrade en Sevilla se mueve de una forma muy difícil de entender para alguien que no es de allí, y que no ha estado dentro. Es más un club social, que una unión de personas con ánimo religioso. Y eso siempre me dificultó las cosas.

Mis recuerdos de pequeño con respecto a la Hermandad son muy extremos. Por una parte significaba un motivo de alegría y orgullo cuando llegaba Semana Santa; por otra parte significaba un sitio que entre semana me “robaba” a mi padre; por último, suponía un lugar dónde no estaba nada integrado. Me explico por partes.

Me gusta la Semana Santa. Cada día más. Pero como algo más cultural que religioso. Y, si bien pasó por algún altibajo, la llevo disfrutando mucho desde pequeño, con momentos más y menos intensos. He hecho y he estado en todos los ámbitos en los que se pueda estar dentro de la Semana Santa. La conozco, y por eso me gusta, y por eso no quiero participar activamente de ella.

Por otra parte, como decía, me robaba a mi padre, que prácticamente siempre ha desarrollado alguna labor de responsabilidad allí. Eso en su momento no lo apreciaba, pero con el paso de los años lo pienso cada vez más.

Por último, el grupo de gente de mi edad que acompañaba al grupo de mis padres no cuadraba muy bien conmigo. Yo era de una forma que no encajaba con la suya. Me lo hacían ver, y si bien nunca me importó, si que tampoco me reportó nada valorable en este aspecto. Hay mucha gente en Sevilla con la que he compartido muchos momentos de mi infancia con la que no me une absolutamente nada. Ni quiero.

Volviendo a 2007 o 2008. La hermandad ha sido siempre problemática. Muy problemática. Demasiada gente sin vida queriendo asumir poder. Y por aquella época se organizó una tentativa dentro del despacho dónde trabajaba de, con un grupo de personas, devolver a la Hermandad a la normalidad. A mi me cogió dentro. Yo en principio no asumía responsabilidad, pero sí mi padre y el que era mi jefe.

Sería largo, y poco interesante de explicar, pero una sucesión de acontecimientos me llevó a asumir en aquella labor una tarea de responsabilidad que asumí a desgana con el fin de ayudar a mi jefe, y pasar más tiempo con mi padre. La experiencia fue muy desagradable. Estaba rodeado de gente que no me gustaba (con la excepción de los dos mencionados, y algún otro), en un ambiente que me gustaba menos, con unas labores que no podía desarrollar porque mi papel era el de hombre de paja, y con una persona a mi lado tratando de conseguir un protagonismo dentro que no me gustaba nada. Pasé mucho más tiempo del que nunca me hubiese gustado con gente que no me gustaba. Fue algo verdaderamente traumático. Estaba atrapado.

A lo anterior le acompañamos el hecho de que un día mi padre se fue (o le fueron). Mi jefe se distanció de aquello. Y yo, además, me fuí (o me fueron) del despacho. Desde estos acontecimientos hasta que acabó mi “responsabilidad” pasaron algo así como un par de años. Una de las peores experiencias de mi vida.

Ha sido la única vez en mi vida dónde, conscientemente, no he cumplido; no he dado el 100% de mi; evité cualquier tipo de contacto con la hermandad; me quité de en medio; eludí cualquier tipo de responsabilidad. Y gracias a Dios que lo hice.

Cometí el error de hacer algo con un fin equivocado. Y pagué las consecuencias.

Tuve la oportunidad de vivir desde dentro un ambiente rancio. Estar junto a personas que me producen verdadero asco. Escuchar comentario dignos de otra época. Ver desde dentro el ejercicio del poder, por más ridículo que fuera este. Ver desde dentro a la Iglesia. Al establishment sevillano.

Y aprendí muchísimo de aquello.

Aprendí que es tan importante saber dónde no quieres estar, como lo es saber dónde quieres estar. Con quien quieres pasar el que, a lo mejor, es el último día de tu vida. De qué quieres participar y cómo. Aprendí que las cosas hay que hacerlas por uno mismo, y no por nadie. Aprendí que nadie te va a agradecer hacer lo que no te ha pedido. Aprendí que jamás en la vida volveré a participar de una organización sin más fin que el de la promoción personal. Y que trataré por todos los medios que nadie que quiero participe en las mismos. Aprendí que personas pueden hacer que tus sentimientos hacia algo se diluyan. Aprendí que hay maldad en ese mundo. Aprendí que hay personas que sería mejor que no existieses. Aprendí lo que es el asco.

Y de todo lo aprendido, estoy extremadamente orgulloso.

Ahora alguno de aquellos vuelve a las andadas. Mucha suerte. Sea para quien sea.

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