La adolescencia

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Hay una breve historia que me parece muy agradable de escribir para la semana que viene (por hoy), que cumplo 32 años.

Fue el día que pasé de ser un niño, a ser un adolescente. Con todo lo que ello conlleva. Seré breve.

Era verano. U Otoño. Quizá primavera. Me inclino por lo primero. Recuerdo que no tenía más de 10 u 11 años. No recuerdo si mi hermano estaba en el mundo o no. Al grano.

Por aquella época yo disfrutaba de algo maravilloso en mi grupo de vecinos/amigos. Pertenecía a dos grupos. Era a la misma vez cola de león, y cabeza de ratón, dependiendo si estaba en el grupo de los mayores o el de los niños. Era el único que disfrutaba de aquello. Un triunfo. Alguno de los mayores me tenían mucho cariño (Francis, Lolo, Antoñito,…) otros nada. Pero ahí podía estar cuando se me apetecía. Participar con ellos en juegos. Charlas. Lo dicho, un lujo.

Por otra parte estaba el grupo de los chicos (aunque alguno era mayor que yo) dónde yo era la cabeza (destacada) de ratón. Quizá motivado por lo anterior. Quizá, también, motivada por el hecho de que al participar en el juego con mayores, era más competitivo en el juego con menores, lo que siempre es una ventaja en materia de fama.

Y así era la vida. Liderando un grupo de amigos, y aprendiendo de otros. En total eramos un grupo (dividido en dos) grande. Unos 15-20 en cada uno de ellos.

Ya hacía tiempo que había descubierto que los mayores empezaban a acercarse a las chicas, pero eso a mi no me incumbía, lo veía lejos. En mi grupo de los chicos, las chicas estaban totalmente al margen. No participaban en nada. No nos interesaban. Tenían incluso más bigote que nosotros.

Recuerdo que fue un día que fui a casa de mi abuela. Los días anteriores habían discurrido como normalmente. Nada reseñable. El hecho de no saber colocar en el tiempo cuándo fue el momento en que todo cambió, se debe a que el día que fui a casa de mi abuela me llevé el “trompo” (peonza) para tratar de una vez a aprender a bailarla. Y la peonza era un juego de temporadas concretas. Nunca he sido muy bueno en temas de coordinación, y no saber bailar la peonza era un importante hándicap. Recuerdo que estuve todo el día en el pequeño huerto que tenía mi abuela a la izquierda de su casa (visto de frente) intentando aprender a bailarlo.

Y lo conseguí. No cabía en mi de orgullo. Seguí practicando, y ahí estaba: ya tenía la técnica. Estaba deseando llegar para mostrarlo.

Y llegué. Ya era de noche, pero motivado por el orgullo de saber que había dado un paso importante en mi desarrollo como cabeza de ratón, quería mostrarle a mis amigos lo que ahora podía. Pero no pude. Algo había pasado ese día.

Aprovechando el vacío de poder, dos de las chicas del grupo (les llamábamos las bigotes si bien se llamaban Marta y Rocío) se habían declarado al segundo de abordo, Ángel. El hasta entonces (y algo después) mi mejor amigo vital. A mi no me interesaba ninguna de ellas en particular. Ni las mujeres en general (salvo Laura Gutierrez -qué cantidad de años sin escribir ese nombre-), pero parecía que al resto del grupo si. Era algo que había permanecido en silencio, y que de pronto explotó. Y yo no lo entendí. Y tardé bastante en hacerlo, y aun más en digerirlo.

A partir de entonces las chicas pasaron a ser el centro de atención. El centro de las conversaciones. El centro de las bromas. Creo que nunca más jugué a la peonza (y de esto no me había dado cuenta hasta hoy). La gente empezó a preocuparse más por ser popular, que por jugar bien. Y no lo entendía.

Pero ese no entenderlo no fue frustrante. Ni malo. Ni grave. Ni doloroso. Lo veo como una parte muy enriquecedora. Creo que aquello marcó un poco el carácter que tengo ahora. Si alguien no quería hacer algo, lo hacía yo. No cambié motivado por esa nueva moda hasta que no sentí la necesidad de estar cerca de las del otro sector (y esto tardó unos años aun).

Pero aquel día cambió algo que no supe apreciar hasta muchísimos años después. Y ahora lo recuerdo con mucho cariño.

Y es que de todo se aprende, aunque tardemos años en procesar.

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