Por qué desayuno pan con mantequilla

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La historia se remonta a cuando monté mi despacho.

Al margen de alguna otra inversión que en su momento fuera necesaria para la financiación de la locura que no deja de ser el montar un despacho con 25 años; en el momento de abrirlo me encontraba en la situación de una necesidad de dinero acuciante. En Sevilla a mi situación de entonces se la conoce como estar “tieso“. Así estaba.

Fui en su día el primero en instalarme en el Vivero de Empresas que la Cámara de Comercio de mi localidad abrió en un polígono industrial de la periferia de Sevilla. Un sitio atípico para un despacho de abogados, lo sé. La situación de ser el primero me dio la ventaja de ir conociendo, poco a poco, a todos los que, tras mía, se unieron al mencionado vivero. Lo que, unido a otras capacidades, me hizo el centro social del lugar. Y el protegido, en cierta medida.

Una de las cosas que más me gusta de mi ciudad y de mi cultura es que la vida social se hace en la calle. Se celebra. Y en esas me encontraba. Sin un duro, y con la necesidad de ir a desayunar, quizá, dos o tres veces al día. Y no es que lo necesitase, es que en un bar es dónde se habla de negocios, de rumores, de información importante, por lo que mi principal medio de adquirir clientes era tomar un café y una tostada con el que se prestara a acercarse a mi despacho a avisarme de que la hora del desayuno había llegado. Y no eran pocos.

Estaba en una situación en la que, para hacerse una idea, cuando tuve moto, tenía que mirar en el móvil el saldo de mi cuenta bancaria antes de echar gasolina. Si tenía 10€, esos que iban para la moto. Si eran menos, pues menos. Con ello, si tenía que bajar a desayunar una o dos veces al día, no podía gastar dinero en lujos. El café más barato que servían era el cortado; lo siguiente era agua, que alguna vez también tomé con alguna excusa que me inventara. Por ello, la media tostada que me tomaba en cada desayuno no podía tener más lujos que la mantequilla. Y tengo intolerancia a la lactosa, aunque entonces no lo sabía. Creo recordar que ambas cosas me salían por 1,30€ juntos.

Saqué mucho rendimiento a aquella pequeña inversión que hacía todos los días, y me llevé de aquella experiencia a buenos amigos y algún que otro mal cliente. Lo recuerdo con mucho cariño.

Antes, nunca había desayunado pan con mantequilla; desde entonces, lo hago a diario hayan ido, o no, mejor las cosas. En primer lugar porque aprendí a disfrutar de lo que tenía, que no era poco. En segundo, porque me di cuenta de que no se necesita más que eso. En tercero, porque lo importante no es lo que comes, sino con quien.

No sé cómo lo hice, pero siempre conseguí la forma de pagar ese desayuno. Y la gasolina que necesité. Y todas y cada una de las facturas y recibos. Y funcionó.

De aquello sólo queda un grato recuerdo, y una costumbre para todas las mañanas: mi café, y mi pan con mantequilla.

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