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El padre que no es padre (Previo)

S-bahn

Ser padre hoy en día podría ser calificado de irresponsabilidad.

Pero no podemos luchar contra el instinto que nos lleva a querer reproducirnos. Contra las ganas de ser padres. Y ahí me encuentro yo ahora. Si, los hombres también tenemos el instinto de paternidad. Al menos yo lo tengo. Se me cae la baba cuando veo a un niño por la calle. Me gusta estar con ellos. Jugar con ellos. Escucharles.

Siempre he tenido una mala relación con niños. Ni me gustaban, ni les gustaba. No me sentía cómodo con ellos. No me gustaban. Me hacían sentir incómodos. Y les evitaba. Como reitero, no me gustaban.

Pero eso cambió un día. No sé cuándo ni por qué. Pero en esas estamos.

Como digo, ser padre hoy día puede llegar a ser una irresponsabilidad con motivo de la sociedad en la que vamos a insertar a nuestros hijos. Pero creo que podemos contribuir con un poco de sentido común, a mejorar la experiencia de estos en el mundo que les queda que vivir. Hablo de principios. De traslado de experiencias. De cultura. De educación. De cariño. De disfrute.

Y sobre todo eso quiero hablar.

No soy padre. No espero serlo, al menos, en los próximos nueve meses. Pero espero llegar a serlo un día. Y ese serlo es una preocupación que tengo en la cabeza desde hace mucho tiempo. Quiero ser un buen padre. Es mi mayor meta en la vida. Y me estoy preparando para ello.

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Entwicklungsplan

Contra lo que, a priori, pudiese parecer; no es fácil responder  a la pregunta de qué te gustaría hacer, sobretodo cuando existe una probabilidad media de que esa respuesta marque en realidad tu futuro.

Hace ya tiempo que no pasaba por aquí. Todo ha cambiado mucho desde entonces. ¿Qué tal están? El caso es que llegó la factura del dominio, y me acordé de que tenía un blog. Pensé borrarlo hasta ahora que, por primera vez en mucho tiempo, tuve la posibilidad de llegar pronto a casa. Quizá usar “tuve” en lugar de “he tenido”, sea forzar un poco los tiempos verbales.

Podría construir mirando al pasado una respuesta a la pregunta sobre lo que en su día, quizá, pensé, sobre lo que me gustaría hacer en la vida. Responder a esa pregunta en el ahora nos invita a soñar sabiendo que el sueño no se materializará de ninguna de las formas.

Por soñar, soñaría con viajar, con conocer otras culturas, con embarcarme en nuevos proyectos, con disfrutar trabajando, con hacer lo que hacen otros y quizá yo podría, y, pero, no puedo. Pero, de nuevo, si miro al yo que mi mira desde dentro de X años, también creo que puedo saber qué es lo que él cree que yo hubiera deseado en este momento para mi futuro.

Ahora sueño con que mi yo del mañana quizá ahora soñaría con haber hoy soñado, y quizá materializado, lo que en un futuro se revele como la decisión adecuada. Y haber luchado por ello.

Lo sé, y no lo sé. O no lo creo saber. O no sé lo que creo. O creo no saberlo.

No sé lo que, o cuanto, tardaré en volver. Quizá vuelvo. Lo espero.

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Tristeza de felicidad

Estoy triste de estar feliz.

Acabo de cumplir un sueño, y, si es tristeza llorar, estoy triste de felicidad. Me alegro de que pasara. Me alegro de lo que fue y de lo que, tras ello, será.

He vuelto a tener tiempo para pensar. Para soñar. Para planear. Cantar.

Necesito unos días para aprender. Necesito dormirlo. Una experiencia parecida a esta me cambió un día la vida.

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Dónde está / Dónde estoy

No sé dónde está.

Si bien es cierto que cada mañana que me levanto, voy con alegría al trabajo y que allí lo paso, por norma general, bien; no es ahí dónde se encuentra mi felicidad.

Llevo un tiempo atascado. Estoy tratando de buscar la felicidad dónde no sé si se encuentra.

Me resigno a pensar que mi vida va desenvolverse en un continuo trabajar y dormir, por muy bien que duerma y por agradable que sea mi trabajo. La felicidad he pensado siempre que está en la libertad, y ahora mismo no soy libre. Incluso teniendo una base más que favorable para tomar decisiones independientes, no soy libre.

Y volvemos al aquello de querer lo que no tengo Vs querer lo que tengo.

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1- En algún lugar de Brandemburgo

 

No para de llover. Llueve sin parar. Frio. Gris. Tristeza. Dolor. Llueve.

Hoy he vuelto a aprender que no sé dónde estoy. Ni a donde voy. Que no sé lo quiero, ni lo que dejo de querer. Que no soy feliz sin dejar de serlo. Que me tengo y no me tengo. Que me voy, y que me quedo. Que tengo miedo. Y frio.

Deseo hacer cosas que deseo. Pero no tengo tiempo para ese deseo. Soy feliz, y no. Me gusta lo que hago, y no. Y no.

En algún momento de hoy he levantado la cabeza, he abierto bien los ojos, y he visto mi futuro. Con la poca movilidad que me dejaba la chaqueta de la moto, me he quitado los guantes de invierno para darme cuenta de que no tenía mucha movilidad en los dedos. Más por fuerza que por maña he conseguido sacar el móvil del bolsillo, desbloquearlo, enfocar buscando el encuadre que quería y hacer la foto que me habla de lo que viene. O de lo que veo que viene.

Algún lugar de Brandenburgo

No he acabo de salir de una situación incómoda cuando, tras un cambio de rasante, un giro de noventa grados me coloca en el punto de partida que algo más de 1cm más arriba se deja ver.

Un camino embarrado, frío, peligroso, dónde no se acierta a ver un fin, ni se sabe cual es este fin.

Me temo que el éxito de la batalla dependerá de las ganas que tenga de divertirme a la hora de recorrer ese camino, de la montura que lleve bajo el culo (aunque sólo sean las piernas), de lo dispuesto que esté a ensuciarme y del tiempo que siga siendo capaz de mirar hacia adelante.

Pero tengo miedo, y hace frío. Y llueve.

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1€

Aun recuerdo cada euro que me daba.

Fue un día de verano. Principios de julio. Yo estaba en el salón de mi casa cuando mi padre apareció por la ventana de detrás de mi casa para enseñarme la moto que me había comprado. Hasta este mismo momento, nunca había pensado en lo que podía haber pasado por la mente, y el corazón, de mi padre en ese instante; y se me encoge el corazón.

Yo ahora tengo 10 años menos de los que tenía el en aquel momento. Me imagino que nunca alcanzaré a comprender lo que el llegó a sentir sin poder transmitir.

Esa moto fue compañera de muchos momentos, inseguridades, y también alegrías. Nunca supe despedirme bien de ella. No la echo de menos. Pasó como tantas cosas que pasan, y la tengo como un buen recuerdo en mi mente.

Me une a ella una anécdota que recuerdo con mucho cariño. Yo estaba en la Universidad; en la segunda; en la Pablo de Olavide. Ahora la distancia desde mi casa a la Universidad la veo como irrisoria, pero entonces era como ir a otra provincia; cualquier problema de intendencia hacía que incluso dejara de acudir a clases si llovía. Lo dicho. Estaba en la Olavide, y tenía mi moto. Mi derbi.

La paga que por aquellos entonces me daban mis padres la tenía invertida los fines de semana en priva. Sabía que el importe íntegro de la misma se iba de mis manos en los 5 primeros minutos de encontrarme con mis amigos. Y eso me generaba el segundo problema.

Yo siempre he pensado que si bien hay que intentar solucionar problemas sin crear uno más grande, también hay que ir solucionando los problemas tal y como te vienen. Y en esa linea del tiempo que se abría desde que mi madre me daba el dinero de la semana, el primer problema que se me planteaba era el de pagar el alcohol que me iba a beber con los amigos. A partir de ahí, lo único que podía hacer por rentabilizar mi inversión era beber más que cualquiera que hubiese pagado lo mismo que yo. Y lo conseguía. Tampoco hasta ahora había pensado en que mis borracheras de juventud tenían como razón de ser la rentabilidad económica de mi inversión en ocio.

Pero bueno, el segundo problema que se planteaba, una vez sin blanca, era el de pagar la gasolina que me llevara a clases. Dinero que no tenía. Si bien tengo que decir que ya estando en la Universidad trabajaba en muy diversas cuestiones para sacar unas “perras”, lo cierto y verdad es que siempre estaba sin blanca.

Mi madre, siempre mi madre, me daba todos los días 1€ para tomar un café en la Universidad. Café, que nunca me llegué a tomar. Y esa es la anécdota que no sé si algún día conté. Durante años, tampoco tantos, si bien más de dos, todas las mañanas, nada más salir de casa, me iba a repostar 1€ de gasolina, cantidad que me daba para ir y volver a clases (si bien, alguna vez me quedé tirado con la moto). Ahora lo veo como algo ridículo, si bien lo recuerdo con mucho cariño.

Creo que no tengo ninguna foto de esa moto en aquella época. Época que llevo en el corazón; no quiero que vuelva, pero estuvo bien que pasó.