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Tristeza de felicidad

Estoy triste de estar feliz.

Acabo de cumplir un sueño, y, si es tristeza llorar, estoy triste de felicidad. Me alegro de que pasara. Me alegro de lo que fue y de lo que, tras ello, será.

He vuelto a tener tiempo para pensar. Para soñar. Para planear. Cantar.

Necesito unos días para aprender. Necesito dormirlo. Una experiencia parecida a esta me cambió un día la vida.

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Dónde está / Dónde estoy

No sé dónde está.

Si bien es cierto que cada mañana que me levanto, voy con alegría al trabajo y que allí lo paso, por norma general, bien; no es ahí dónde se encuentra mi felicidad.

Llevo un tiempo atascado. Estoy tratando de buscar la felicidad dónde no sé si se encuentra.

Me resigno a pensar que mi vida va desenvolverse en un continuo trabajar y dormir, por muy bien que duerma y por agradable que sea mi trabajo. La felicidad he pensado siempre que está en la libertad, y ahora mismo no soy libre. Incluso teniendo una base más que favorable para tomar decisiones independientes, no soy libre.

Y volvemos al aquello de querer lo que no tengo Vs querer lo que tengo.

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1- En algún lugar de Brandemburgo

 

No para de llover. Llueve sin parar. Frio. Gris. Tristeza. Dolor. Llueve.

Hoy he vuelto a aprender que no sé dónde estoy. Ni a donde voy. Que no sé lo quiero, ni lo que dejo de querer. Que no soy feliz sin dejar de serlo. Que me tengo y no me tengo. Que me voy, y que me quedo. Que tengo miedo. Y frio.

Deseo hacer cosas que deseo. Pero no tengo tiempo para ese deseo. Soy feliz, y no. Me gusta lo que hago, y no. Y no.

En algún momento de hoy he levantado la cabeza, he abierto bien los ojos, y he visto mi futuro. Con la poca movilidad que me dejaba la chaqueta de la moto, me he quitado los guantes de invierno para darme cuenta de que no tenía mucha movilidad en los dedos. Más por fuerza que por maña he conseguido sacar el móvil del bolsillo, desbloquearlo, enfocar buscando el encuadre que quería y hacer la foto que me habla de lo que viene. O de lo que veo que viene.

Algún lugar de Brandenburgo

No he acabo de salir de una situación incómoda cuando, tras un cambio de rasante, un giro de noventa grados me coloca en el punto de partida que algo más de 1cm más arriba se deja ver.

Un camino embarrado, frío, peligroso, dónde no se acierta a ver un fin, ni se sabe cual es este fin.

Me temo que el éxito de la batalla dependerá de las ganas que tenga de divertirme a la hora de recorrer ese camino, de la montura que lleve bajo el culo (aunque sólo sean las piernas), de lo dispuesto que esté a ensuciarme y del tiempo que siga siendo capaz de mirar hacia adelante.

Pero tengo miedo, y hace frío. Y llueve.

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1€

Aun recuerdo cada euro que me daba.

Fue un día de verano. Principios de julio. Yo estaba en el salón de mi casa cuando mi padre apareció por la ventana de detrás de mi casa para enseñarme la moto que me había comprado. Hasta este mismo momento, nunca había pensado en lo que podía haber pasado por la mente, y el corazón, de mi padre en ese instante; y se me encoge el corazón.

Yo ahora tengo 10 años menos de los que tenía el en aquel momento. Me imagino que nunca alcanzaré a comprender lo que el llegó a sentir sin poder transmitir.

Esa moto fue compañera de muchos momentos, inseguridades, y también alegrías. Nunca supe despedirme bien de ella. No la echo de menos. Pasó como tantas cosas que pasan, y la tengo como un buen recuerdo en mi mente.

Me une a ella una anécdota que recuerdo con mucho cariño. Yo estaba en la Universidad; en la segunda; en la Pablo de Olavide. Ahora la distancia desde mi casa a la Universidad la veo como irrisoria, pero entonces era como ir a otra provincia; cualquier problema de intendencia hacía que incluso dejara de acudir a clases si llovía. Lo dicho. Estaba en la Olavide, y tenía mi moto. Mi derbi.

La paga que por aquellos entonces me daban mis padres la tenía invertida los fines de semana en priva. Sabía que el importe íntegro de la misma se iba de mis manos en los 5 primeros minutos de encontrarme con mis amigos. Y eso me generaba el segundo problema.

Yo siempre he pensado que si bien hay que intentar solucionar problemas sin crear uno más grande, también hay que ir solucionando los problemas tal y como te vienen. Y en esa linea del tiempo que se abría desde que mi madre me daba el dinero de la semana, el primer problema que se me planteaba era el de pagar el alcohol que me iba a beber con los amigos. A partir de ahí, lo único que podía hacer por rentabilizar mi inversión era beber más que cualquiera que hubiese pagado lo mismo que yo. Y lo conseguía. Tampoco hasta ahora había pensado en que mis borracheras de juventud tenían como razón de ser la rentabilidad económica de mi inversión en ocio.

Pero bueno, el segundo problema que se planteaba, una vez sin blanca, era el de pagar la gasolina que me llevara a clases. Dinero que no tenía. Si bien tengo que decir que ya estando en la Universidad trabajaba en muy diversas cuestiones para sacar unas “perras”, lo cierto y verdad es que siempre estaba sin blanca.

Mi madre, siempre mi madre, me daba todos los días 1€ para tomar un café en la Universidad. Café, que nunca me llegué a tomar. Y esa es la anécdota que no sé si algún día conté. Durante años, tampoco tantos, si bien más de dos, todas las mañanas, nada más salir de casa, me iba a repostar 1€ de gasolina, cantidad que me daba para ir y volver a clases (si bien, alguna vez me quedé tirado con la moto). Ahora lo veo como algo ridículo, si bien lo recuerdo con mucho cariño.

Creo que no tengo ninguna foto de esa moto en aquella época. Época que llevo en el corazón; no quiero que vuelva, pero estuvo bien que pasó.

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Me pongo a soñar

Me gustaría que los sueños que andan por mi mente a la hora de pensar en lo que me gustaría hacer, se hicieran realidad.

Me gustaría que una decisión controlada pueda desencadenar el número de pasos necesarios para alcanzar el destino que deseo.

Me imagino que no se entiende. Pero es que de eso se trata.

No sé si el vivir tiene solución. No sé si hay un desenlace a esto más allá de la muerte. O si todo desenlace conlleva la aparición de una nueva trama.

Este fin de semana he descubierto que el “y vivieron felices y comieron perdices” es en alemán “und wenn sie nicht gestorben sind, dann leben sie noch heute”, o lo que es lo mismo, “y en el caso de que no hayan muerto, siguen viviendo a día de hoy”. Y me gusta. O quizá no.

Quizá hemos crecido en una idea de que el día de mañana habrá una solución a todo esto. Quizá si sigo, y doy los pasos adecuados; si me esfuerzo, voy a llegar a la felicidad. A comer. A sentir la satisfacción de haber cumplido un mandato vital. Y después; después ya puedo morir. Pero quizá no. Probablemente no. Quizá, después de todo, sólo seguiré viviendo hasta que llegue lo irremediable.

Si tras todo este andar llegará el vino; más vino; o mejor disfrutar de esta copa sin darle más vueltas a lo que podamos solucionar mañana por si acaso, nos vamos.

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La apertura

Otra semana decisiva.

Hace un par de meses empecé dónde seguía (pero en otro lugar) con labores realizadas pero no reconocidas. Me aventuré en un proyecto que aparentaba tener más luces que sobras. Más pros que contras, y más futuro que presente. Pero no.

Yo creo que la principal función que tiene cualquier trabajador es identificar dos cuestiones que normalmente se desconocen:

  • Quien es tu jefe?
  • Cual es tu trabajo?

Y es que, sin la información anterior, vas directo al fracaso.

Aun a día de hoy no sé quien es mi jefe, y desconozco cual es mi trabajo. Por una parte estoy satisfecho del resultado del trabajo que creo que es mi trabajo; pero por otra parte no sé si lo que estoy haciendo forma parte de mis atribuciones, o es un regalo a la nada.

Un fallo a estas alturas del cuento llevaría al traste cualquier perspectiva del futuro que me planteaba no hace muchos meses; por lo que el margen de maniobra es pequeño, y la situación delicada.

Y esta obsesión de mirar al frente me está haciendo olvidarme del hoy. Soy un firme defensor de la importancia de saber a dónde vas, y a través de qué medios, pero ese fin me está impidiendo disfrutar del camino.

Trabajar y dormir no es vida. Soñar con vivir, tampoco.

Hace demasiado tiempo que no tiro una buena foto. Hace demasiado tiempo que no emprendo nada que me apasione. Hace demasiado tiempo que no disfruto de lo que antes me hacía disfrutar. Y tengo que cambiarlo.

El domingo trae consigo el miedo a lo que el futuro más próximo me depara. Tengo la sensación de que en el último año todo lo que ha podido salir bien, ha salido fantástico; pero a veces me olvido de ello. Aprieto los dientes y doy lo mejor de mi sin disfrutar de los resultados.

Hay poca poesía en la realidad. En el día a día. En el levantarse temprano.

Quiero vivir, vivir, vivir, esto que queda, que me queda.