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1- En algún lugar de Brandemburgo

 

No para de llover. Llueve sin parar. Frio. Gris. Tristeza. Dolor. Llueve.

Hoy he vuelto a aprender que no sé dónde estoy. Ni a donde voy. Que no sé lo quiero, ni lo que dejo de querer. Que no soy feliz sin dejar de serlo. Que me tengo y no me tengo. Que me voy, y que me quedo. Que tengo miedo. Y frio.

Deseo hacer cosas que deseo. Pero no tengo tiempo para ese deseo. Soy feliz, y no. Me gusta lo que hago, y no. Y no.

En algún momento de hoy he levantado la cabeza, he abierto bien los ojos, y he visto mi futuro. Con la poca movilidad que me dejaba la chaqueta de la moto, me he quitado los guantes de invierno para darme cuenta de que no tenía mucha movilidad en los dedos. Más por fuerza que por maña he conseguido sacar el móvil del bolsillo, desbloquearlo, enfocar buscando el encuadre que quería y hacer la foto que me habla de lo que viene. O de lo que veo que viene.

Algún lugar de Brandenburgo

No he acabo de salir de una situación incómoda cuando, tras un cambio de rasante, un giro de noventa grados me coloca en el punto de partida que algo más de 1cm más arriba se deja ver.

Un camino embarrado, frío, peligroso, dónde no se acierta a ver un fin, ni se sabe cual es este fin.

Me temo que el éxito de la batalla dependerá de las ganas que tenga de divertirme a la hora de recorrer ese camino, de la montura que lleve bajo el culo (aunque sólo sean las piernas), de lo dispuesto que esté a ensuciarme y del tiempo que siga siendo capaz de mirar hacia adelante.

Pero tengo miedo, y hace frío. Y llueve.

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Me pongo a soñar

Me gustaría que los sueños que andan por mi mente a la hora de pensar en lo que me gustaría hacer, se hicieran realidad.

Me gustaría que una decisión controlada pueda desencadenar el número de pasos necesarios para alcanzar el destino que deseo.

Me imagino que no se entiende. Pero es que de eso se trata.

No sé si el vivir tiene solución. No sé si hay un desenlace a esto más allá de la muerte. O si todo desenlace conlleva la aparición de una nueva trama.

Este fin de semana he descubierto que el “y vivieron felices y comieron perdices” es en alemán “und wenn sie nicht gestorben sind, dann leben sie noch heute”, o lo que es lo mismo, “y en el caso de que no hayan muerto, siguen viviendo a día de hoy”. Y me gusta. O quizá no.

Quizá hemos crecido en una idea de que el día de mañana habrá una solución a todo esto. Quizá si sigo, y doy los pasos adecuados; si me esfuerzo, voy a llegar a la felicidad. A comer. A sentir la satisfacción de haber cumplido un mandato vital. Y después; después ya puedo morir. Pero quizá no. Probablemente no. Quizá, después de todo, sólo seguiré viviendo hasta que llegue lo irremediable.

Si tras todo este andar llegará el vino; más vino; o mejor disfrutar de esta copa sin darle más vueltas a lo que podamos solucionar mañana por si acaso, nos vamos.

Vídeo
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Unidos bajo el mismo sol

Me imagino que si comprendiese la teoría de la relatividad, lo entendería.

Recuerdo cuando vivía en España muy lejos de la persona a la que quería entonces (y hoy). Estábamos lejos dependiendo de para qué. Para darnos una pedrada; para quedar por la noche para tomar una cervecita y no recogernos muy tarde. Lejos, para tener la misma sensación de frío o calor. Lejos, para que el sol que nos alumbrase no tuviese la misma fuerza.

Quizá por aquello de la negatividad que se siente al no poder abrazar a quien quieres, no medía la relatividad de nuestra distancia con el sol, sino con la luna. Cuando era de noche, en nuestra oscuridad, siempre podríamos mirar al cielo y encontrar a lo que nos lanzaba un pequeño haz de luz, simultaneamente y por igual, a los dos. Y es que, como la luna no calienta, las diferencias no son tan grandes dependiendo de la latitud o longitud desde dónde la miremos.

Esa luna me hacía, de alguna forma, estar cerca de tí. De ella. De todo.

Habiendo cambiado la necesidad de una, por la necesidad de muchos. Habiendo cambiado el calor por el frío. El amarillo por el gris. Una franja roja por una negra. El triángulo por el cuadrado. En esas circunstancias me veo nuevamente en la necesidad de buscar un nexo de unión con aquello que tanto me falta (nos faltamos). Y ese es el sol.

Este sol que aquí no seca, no me hace olvidar al que quema. Este sol debilitado por el ambiente, no me hace olvidar al que se hace grande siempre que se le necesita. Piel blanca contra orgulloso bronceado.

Te quiero hermano. Estemos dónde estemos, siempre nos alumbra el mismo sol.

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Donde mi felicidad

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Hoy vengo aquí a asentar determinados pensamientos:

Me ha llamado mucho la atención un video que me ha mandado mi hermano Jesús. En él, se ve la entrevista que le hace a uno de sus mejores amigos.

¿Dónde está la felicidad? Desde luego no está en el tenerlo todo o en la ausencia de problemas. Espero no ser malentendido; es indudable que siempre es mejor que sobre a que falte, y que hay problemas que es mejor no tener. Pero creo que la felicidad está precisamente en la búsqueda de la felicidad.

Del día de Reyes siempre me gustó el camino hasta llegar a ese día. Después, el día en si no significaba mucho para mi. Me gustaban los preparativos, el deseo, la ilusión, la esperanza, lo que se compartía en esos días.

Pero teniendo en cuenta que la felicidad no es algo material, tenemos que ponerle cara o forma para saber qué estamos buscando. Y en eso es en lo que estoy pensando desde hace demasiado tiempo.

Mi felicidad es un proyecto de vida. Y en eso es, ahora, en lo que quiero trabajar.

Quiero construir un hogar que no estará nunca acabado por completo. Quiero ser padre de unos hijos que indudablemente siempre tendrán necesidades. Quiero desarrollar una carrera que me deje abiertas ventanas y puertas para seguir creciendo. Quiero tener proyectos con la gente importante de mi vida, mis amigos y mi familia. Quiero tener la sensación de que estoy aprovechando cada día que estoy viviendo. Quiero tener la sensación de que cada esfuerzo es necesario para conseguir lo que busco.

En los últimos meses no he tenido nada contra lo que luchar. He pasado de una época en la que todo fue muy difícil a otra en la que todo ha sido demasiado fácil, y eso me ha perdido.

A partir de mañana empezaré a planear el futuro, empezaré a ponerle fechas a sueños, empezaré a trabajar duro para conseguir lo que quiero. Porque creo que sólo así, buscando la felicidad, podré ser feliz.

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Domingo de Ramos en Sevilla (Berlín)

Berlín, un Domingo de Ramos cualquiera.

Acabo de sacar el traje del armario. Está en perfectas condiciones, al igual que los zapatos. Este año no debería tener ningún estrés por querer dejar perfecto el que es el indumentario básico del sevillano en Semana Santa. Lo vuelvo a meter en el armario.

Miro por la ventana y el tiempo pinta mal. Mi padre escribe por whatsapp para decir que está chispeando en San Jacinto. Según mis cálculos, la lluvia de Triana tarda 5 días en llegar a Berlín, así que se complica la Madrugada alemana. Hoy tampoco creo que salga ninguna.

Los balcones no están adornados, ni las mujeres arregladas, ni parece que nadie esté estrenando nada hoy. Voy a la cocina y me faltan guisos. Ni espinacas, ni cola de toro, ni salmorejo, ni torrijas,… nada.

Estoy escuchando el Llamador, aun no se sabe si va a salir La Paz. De buena gana cogería la moto y me iría a verla salir como tantos años he hecho. Pero ni tengo moto, ni me daría tiempo a llegar.

Levanto la vista del teclado y veo en la pantalla de mi portátil alemán como me destaca, a las palabras anteriormente escritas, “salmorejo” y “torrijas”, como palabras desconocidas. Y otra vez más. Cómo te lo podría yo explicar.

“No se puede estar en misa y repicando”, “teta y sopa no caben en la boca”, … no se puede vivir en Berlin, y disfrutar de la Semana Santa. Aquí nunca habrá de eso. Y como no lo habrá, lo voy a soñar.

Y voy a soñar que esta mañana me he levantado bien tempranito para sacar a mi perro Carpeta, para que se desahogue un poco, y para que no esté pesado cuando vengan las visitas que seguro llegan a ver como pasa la Hiniesta por debajo de mi casa. Y después voy a esperar que aparezca mi madre por la esquina de La Pastora para invitarme a un cafelito, que nos beberemos mientras me cuenta como tiene organizado el día de todo el mundo. Ya seguro que se ha levantado mi mujer, y seguro también que mi padre tiene hambre, así que apuro el café y me dirijo a la Hacienda para tomar unos calentitos que me van a hacer arrepentirme de la decisión durante las próximas 5 o 6 horas.

Después voy a llegar a casa, voy a ponerme el traje y voy a coger de nuevo, con mi padre y mi hermano, y me voy a ir a tomar una cervecita al Vizcaino mientras espero que aparezca por allí mi amigo Nacho, que ya no se separará de mi hasta bien entrada la noche.

Mi madre llama, son casi las dos, se está llenando la calle, llegan las visitas y tenemos paso a paso que volver a casa. Cuando llegamos ya está el piso lleno. Parece mentira que tanta gente entre en un sitio tan chico. No hemos cruzado la puerta, y ya tenemos un botellín en la mano y un trozo de empanada. Y no pasa mucho cuando se escucha a la banda de Cruz de Guía.

Y con lo que pasará después seguiré soñando.

Da igual que esté escuchando ahora mismo como en Sevilla llueve, la Semana Santa en mi mente es un día de sol y calor. Un día de brisa suave por la noche. El cielo despejado. La chaqueta que te sobra pero que no te quitas. Jaleo en la calle. Gente guapa. Una cervecita por cada paso que ves. Mucha bulla. Gente que te molesta pero sin la cual no entenderías todo lo que nos rodea. Azahar. Incienso. Música. Capillitas.

El Domingo de Ramos que sueño no tiene nada que ver con el que voy a vivir, pero muchas veces tienes que estar lejos de lo que quieres para saber por qué lo quieres.

El año que viene, o algún año, volveré.