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Tristeza de felicidad

Estoy triste de estar feliz.

Acabo de cumplir un sueño, y, si es tristeza llorar, estoy triste de felicidad. Me alegro de que pasara. Me alegro de lo que fue y de lo que, tras ello, será.

He vuelto a tener tiempo para pensar. Para soñar. Para planear. Cantar.

Necesito unos días para aprender. Necesito dormirlo. Una experiencia parecida a esta me cambió un día la vida.

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Dónde está / Dónde estoy

No sé dónde está.

Si bien es cierto que cada mañana que me levanto, voy con alegría al trabajo y que allí lo paso, por norma general, bien; no es ahí dónde se encuentra mi felicidad.

Llevo un tiempo atascado. Estoy tratando de buscar la felicidad dónde no sé si se encuentra.

Me resigno a pensar que mi vida va desenvolverse en un continuo trabajar y dormir, por muy bien que duerma y por agradable que sea mi trabajo. La felicidad he pensado siempre que está en la libertad, y ahora mismo no soy libre. Incluso teniendo una base más que favorable para tomar decisiones independientes, no soy libre.

Y volvemos al aquello de querer lo que no tengo Vs querer lo que tengo.

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Me pongo a soñar

Me gustaría que los sueños que andan por mi mente a la hora de pensar en lo que me gustaría hacer, se hicieran realidad.

Me gustaría que una decisión controlada pueda desencadenar el número de pasos necesarios para alcanzar el destino que deseo.

Me imagino que no se entiende. Pero es que de eso se trata.

No sé si el vivir tiene solución. No sé si hay un desenlace a esto más allá de la muerte. O si todo desenlace conlleva la aparición de una nueva trama.

Este fin de semana he descubierto que el “y vivieron felices y comieron perdices” es en alemán “und wenn sie nicht gestorben sind, dann leben sie noch heute”, o lo que es lo mismo, “y en el caso de que no hayan muerto, siguen viviendo a día de hoy”. Y me gusta. O quizá no.

Quizá hemos crecido en una idea de que el día de mañana habrá una solución a todo esto. Quizá si sigo, y doy los pasos adecuados; si me esfuerzo, voy a llegar a la felicidad. A comer. A sentir la satisfacción de haber cumplido un mandato vital. Y después; después ya puedo morir. Pero quizá no. Probablemente no. Quizá, después de todo, sólo seguiré viviendo hasta que llegue lo irremediable.

Si tras todo este andar llegará el vino; más vino; o mejor disfrutar de esta copa sin darle más vueltas a lo que podamos solucionar mañana por si acaso, nos vamos.

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La apertura

Otra semana decisiva.

Hace un par de meses empecé dónde seguía (pero en otro lugar) con labores realizadas pero no reconocidas. Me aventuré en un proyecto que aparentaba tener más luces que sobras. Más pros que contras, y más futuro que presente. Pero no.

Yo creo que la principal función que tiene cualquier trabajador es identificar dos cuestiones que normalmente se desconocen:

  • Quien es tu jefe?
  • Cual es tu trabajo?

Y es que, sin la información anterior, vas directo al fracaso.

Aun a día de hoy no sé quien es mi jefe, y desconozco cual es mi trabajo. Por una parte estoy satisfecho del resultado del trabajo que creo que es mi trabajo; pero por otra parte no sé si lo que estoy haciendo forma parte de mis atribuciones, o es un regalo a la nada.

Un fallo a estas alturas del cuento llevaría al traste cualquier perspectiva del futuro que me planteaba no hace muchos meses; por lo que el margen de maniobra es pequeño, y la situación delicada.

Y esta obsesión de mirar al frente me está haciendo olvidarme del hoy. Soy un firme defensor de la importancia de saber a dónde vas, y a través de qué medios, pero ese fin me está impidiendo disfrutar del camino.

Trabajar y dormir no es vida. Soñar con vivir, tampoco.

Hace demasiado tiempo que no tiro una buena foto. Hace demasiado tiempo que no emprendo nada que me apasione. Hace demasiado tiempo que no disfruto de lo que antes me hacía disfrutar. Y tengo que cambiarlo.

El domingo trae consigo el miedo a lo que el futuro más próximo me depara. Tengo la sensación de que en el último año todo lo que ha podido salir bien, ha salido fantástico; pero a veces me olvido de ello. Aprieto los dientes y doy lo mejor de mi sin disfrutar de los resultados.

Hay poca poesía en la realidad. En el día a día. En el levantarse temprano.

Quiero vivir, vivir, vivir, esto que queda, que me queda.

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Unidos bajo el mismo sol

Me imagino que si comprendiese la teoría de la relatividad, lo entendería.

Recuerdo cuando vivía en España muy lejos de la persona a la que quería entonces (y hoy). Estábamos lejos dependiendo de para qué. Para darnos una pedrada; para quedar por la noche para tomar una cervecita y no recogernos muy tarde. Lejos, para tener la misma sensación de frío o calor. Lejos, para que el sol que nos alumbrase no tuviese la misma fuerza.

Quizá por aquello de la negatividad que se siente al no poder abrazar a quien quieres, no medía la relatividad de nuestra distancia con el sol, sino con la luna. Cuando era de noche, en nuestra oscuridad, siempre podríamos mirar al cielo y encontrar a lo que nos lanzaba un pequeño haz de luz, simultaneamente y por igual, a los dos. Y es que, como la luna no calienta, las diferencias no son tan grandes dependiendo de la latitud o longitud desde dónde la miremos.

Esa luna me hacía, de alguna forma, estar cerca de tí. De ella. De todo.

Habiendo cambiado la necesidad de una, por la necesidad de muchos. Habiendo cambiado el calor por el frío. El amarillo por el gris. Una franja roja por una negra. El triángulo por el cuadrado. En esas circunstancias me veo nuevamente en la necesidad de buscar un nexo de unión con aquello que tanto me falta (nos faltamos). Y ese es el sol.

Este sol que aquí no seca, no me hace olvidar al que quema. Este sol debilitado por el ambiente, no me hace olvidar al que se hace grande siempre que se le necesita. Piel blanca contra orgulloso bronceado.

Te quiero hermano. Estemos dónde estemos, siempre nos alumbra el mismo sol.

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Siempre viene con cosas nuevas

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No hemos dado ningún paso más, pero no perdemos la vista al horizonte.

De nuevo domingo, y de nuevo la inseguridad de no saber qué nos traerá la semana que mañana empieza. Tengo ganas de seguir avanzando, pero no sé cuanto muros me encontraré. Lamentablemente no todo depende de la preparación con la que ejecutes un plan, sino las desavenencias que ese plan pueda tener con el de aquel que tenga que validar los resultados de tu esfuerzo.

Por un momento tengo ganas de plantarme, y disfrutar del tiempo. Pero no sería un disfrutar ni un vivir. Sería más un dejar pasar.

Lo que la semana pasada parecía la apertura de una puerta quedó en la apertura de una ventana. Veremos dónde queda lo que plantea esta semana. Quiero avanzar. Creo que tengo la necesidad de usar el factor sorpresa en materia de resultados en mi trabajo para conseguir dar un paso adelante. Cuando se normalice todo, se cerrarán posibilidades.

Pero bueno, quién me dice que no serán otras mis preocupaciones al acabar la semana.

Sólo vengo a decir que sigo por aquí, que no me olvido de esto, y que le mando un saludo a los que no dejan de leer las entradas antiguas de este rincón.