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De noche

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Se hace de noche.

Se hace de noche en Berlín.

Me vuelvo a encontrar en época de decisiones. Y cada decisión conlleva la posibilidad de cometer un error. Y ya he cometido varios. Sobre todo vistos desde la distancia.

¿Cuál es la mejor forma de proceder?

¿Qué camino tomar?

No lo sé.

Hace un mes que escribí las palabras de arriba. Es de noche en Berlin. Noche de tormenta y granizo. Rayos. La retomo.

Las decisiones de las que dudaba entonces están tomadas. El paso está dado. El camino ha comenzado. Y me ha sentado bien en todos los aspectos.

¿Me habré equivocado? Ahora después de haber dado el paso me doy cuenta de que es bastante más posible de lo que pudiese haber valorado en su momento. Pero es no cambia el resultado. Creo que era el paso que había que dar. Creo que es la única forma que tengo de poner en práctica lo mucho aprendido. Como me explicaron un día, es posible que entre en una dinámica que no sea lo suficientemente buena como para sentirme alentada a seguir, pero que cada vez que me vea animado a dejarlo aparezca algo que me impida hacerlo. Fue una gran verdad que me dijeron. Hice bien en no olvidarla.

Veremos como se desarrollan los acontecimientos.

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La cueva

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Fueron muchos días en mi cuarto.

Muchas mañanas.

Muchas noches.

Muchas tardes.

Aun no sé por qué me encerraba. Me imagino que era lo más cómodo.

Siempre me gustó la soledad. Incluso ahora, que disfruto más de la compañía, o que la compañía es más agradable. Quizá lo agradable de la compañía no fuese nunca un problema. Quizá el problema fui yo. Mi vida. Lo que decidí en ese momento. Dónde me encontraba.

Es curioso lo de la música en este blog. Ahora mismo suena aquello de “What would you think if I sang out of tune…”. Quizá fue ese el problema. Quizá todos necesitamos un poco de help of our friends. Quizá fue ese mi problema en ese momento. No lo sé.

Ahora estoy lejos de todo, y todos, lo que estaban dónde yo estaba cuando me encerraba en mi cuarto sin saber por qué. Pero no me arrepiento de aquello. No echo (aun) en falta los momentos que dejé de compartir cuando la distancia no era un impedimento para compartirlos. Quizá algún día lo haré. En aquel momento fue un proceso de aprendizaje. Fue por lo que tenía que pasar, cuando tuve que pasarlo. Mi travesía en el desierto. Ahora los tiempos no son fáciles, pero reacciono ante ellos de una forma total y absolutamente diferente. Eso me lo enseñó aquello.

No hay mejor aprendizaje que el que te proporciona lo vivido en tu carne. Nadie escarmienta en cabeza ajena, y por mucho que me hubiesen dicho en aquel momento que estaba cometiendo un error, no creo que lo hubiese visto con ese alcance.

Acabo de escribir error, con h. Ya lo he corregido

¿Estas pasando por eso?

¿Te sientes solo?

¿Te sientes mejor estando solo?

¿Te sientes mejor sin dar la cara?

Tranquilo. Pasará. Como todo pasa. La vida no es más que una sucesión de situaciones a veces más agradables, a veces menos, y la gran mayoría de ellas irrelevantes. Trata de aprender del momento que estás viviendo. Trata de ser mejor. Habrá un momento en que no puedas superar al pasado, pero siempre podrás superarte a ti. Lucha por eso.

Ten paciencia.

Todo pasa.

Todo.

Incluso lo que creemos que no.

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Cómo irte a vivir a Alemania (5)

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(…)

Y propiamente en la entrada anterior debería haber acabado esta serie.

Llegué a Berlín.

Los demás datos, puntos de inflexión futuros forman parte del ahora. Pero no.

Creo que aun estoy en el camino de irme a Berlin. Aun no estoy aquí.

Acabo de llegar de pasar una semana en Sevilla. De ver a mi familia. A mis amigos. Compañeros de trabajo. Clientes. Conocidos. Ex-amigos.

Cada vez que me voy a Sevilla la dinámica se rompe. No he sido hasta ahora capaz de cambiar mi vida alemana por mi vida sevillana cuando estoy allí. Y mientras eso no cambie, seguiré en el camino.

Cuando cambias de ciudad, de país, tienes la posibilidad de varias cosas en tu vida de una forma que sería imposible residiendo dónde residías. Tenemos miedo al cambio. Tenemos miedo a la apreciación que otros puedan hacer de nuestro cambio. Tenemos miedo a que alguien descubra algo que no ha sabido, o podido, ver en el tiempo previo a ese cambio.

Ahora sé que en el momento en que decides irte a otro país, estás decidiendo tener diferentes puntos de vista, diferentes formas de ser, diferentes perspectivas, dependiendo de dónde estés. Y ninguna de las dos eres tú al 100%.

(…)

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Cómo irte a vivir a Alemania (4)

Amsterdam

(…)

El caso es que por decisión propia, me encontraba en Berlín. Tras prácticamente 3 años de relación a distancia, por fin podíamos estar juntos de nuevo. Ahora que disfruto de la vida en pareja creo que no valoro suficientemente lo afortunado que soy. De pronto, mi principal problema en Sevilla estaba solucionado. Se había cerrado el círculo. Lo habíamos logrado.

Hay pocos sitios más agradables dónde estar que en Berlín en el mes de Junio. Sol, temperaturas agradables, eventos, música,… Mi llegada a Berlín fue un sueño . La felicidad. Todo fue perfecto. Volvía a salir de mi zona de confort, me movía a otro país para estar con mi pareja, pero tenía un buen colchón económico, capacidad para seguir produciendo dinero, un verano con mucho tiempo libre, y en definitiva un futuro que disfrutar.

En mis primeros meses de estancia en Berlin me dedicaba a disfrutar la vida en su más amplio sentido. Me levantaba temprano, miraba si tenía algo de trabajo que hacer, contestaba algunos correos, hacía unas llamadas, y después me dedicaba a hacer deporte o visitar la ciudad. Y por la tarde-noches, cuando venía Alice, salíamos a cenar, a dar una vuelta, a quedar con amigos, o a cualquier cuestión del estilo. Entre tanto, por cuestiones de trabajo, tuve que volver varias veces a Sevilla por periodos de una semana; pero ahora Sevilla también era diferente. Estaba en casa de mis padres, tenía el mismo tiempo libre, y la misma voluntad de disfrutarlo.

Tal era el nivel de disfrute que no me preocupé por empezar a buscar trabajo en previsión al hecho de que en no demasiado tiempo debería dejar el trabajo del hospital. Tampoco me preocupó empezar a aprender el idioma.

Como comenté más atrás, mis dos años anteriores fueron muy estresantes. Muy intensos. Y ahora sólo quería disfrutar. Tener tiempo para mi. Y aprovecharlo. Nunca sabes cuándo vas a volver a tener la misma oportunidad. Y así lo hice.

Si tuviera que trazar una linea anímica sobre mis últimos años, la linea sería descendente desde que abrí el despacho hasta que tocó su punto más bajo cuando Alice se fue de Sevilla; a partir de ahí la linea se estabilizó por abajo y empezó a remontar muy poco a poco hasta el viaje a Vietnam, dónde pasé los mejores días de mi vida; tras esto, la situación se estabilizó en lo alto pero con una tendencia descendente hasta el momento en que me vine a Berlin, dónde de nuevo volvió a repuntar. A partir de ahí, hay dos momentos que yo determino cruciales en el devenir de esta linea anímica que ahora se encuentra en el punto más bajo que nunca ha estado:

El primer punto de inflexión fue a mi vuelta de uno de esos viajes a Sevilla con motivo de trabajo. En este caso, además, con motivo de una boda, la estancia se alargó hasta finales del mes de julio; unos diez días en total. Vine a Berlín, celebramos el cumpleaños de Alice, y me dispuse a seguir disfrutando de la vida. Pero una mañana, una vez acabadas las faenas que tenía, y aprovechando el buen tiempo, decidí salir a hacer unas compras. Unos 15 minutos después de salir de casa, en una situación un poco ridícula e imprevisible, tuve un accidente con la bicicleta que me obligó (unos días después) a tener que operarme del brazo.

Esta operación paró de golpe toda la dinámica que llevaba. De pronto me vi en mitad de verano ingresado en un hospital, con muchísimo dolor, y con una limitación de movimientos que se iba a mantener por muchos meses. Médicos, medicina, rehabilitación, dolor,… todo eso me dejó el accidente durante hoy no sé si 6, 7, 8 o incluso más meses. Fue una pesadilla. No se lo deseo a nadie. Ese fue el primer punto de inflexión. No tardó demasiado en llegar. Y lo cambió todo.

El segundo punto de inflexión, que acentuó el descenso anímico sucedió en la navidad de 2013; pero eso no sé si contarlo o reservarlo para mi. El tiempo lo dirá

(…)

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Cambridge

Santa Cruz

Hay momentos en la vida en los que aprecias que tienes una perspectiva interesante para analizar lo que te ha pasado. Esta situación viene con los años. Este fin de semana tuve uno de estos momentos.

Acabo de llegar de Cambridge. No de estudiar. De una boda.

No he estado mucho tiempo por allí, pero si el suficiente para conocer a mucha gente nueva. Muchos estudiantes. Profesores. Personas que han tenido una claridad a la hora de planificar sus carreras que yo no tuve. Me explico.

Es imposible llegar a esa Universidad dejándose llevar por una dinámica que no sea la del trabajo constante. Y ese trabajo debe empezar pronto. Y además, llegado el momento, deberás poder pagar el sueño.

Mi carrera universitaria fue una dinámica. Dinámica, dónde aprobar era el objetivo final. Pasar exámenes. Quitarme asignaturas de enmedio. Sin fin. Sin lógica. Ir derribando barreras para poder afrontar la siguientes. Mi objetivo no era aprender. No estaba encaminado a un determinado objetivo profesional o académico. Y lo conseguí. Y me sentí feliz por ello. Y en momentos como el que he vivido este fin de semana me doy cuenta del error.

Culpa mía. Pero nunca tuve una referencia. No supe hasta que no fue tarde la importancia del resultado. De aprender. De ser mejor que el resto. De relacionarte mejor que los demás. De tener un objetivo, y fijar las pasos a seguir para obtenerlo. De intentar ser el mejor. De hacer la cosa lo mejor que se posible. De, en definitiva, ganar.

Una carrera exitosa no tiene por qué significar más trabajo. Sinceramente lo creo. En mi caso, no creo que los buenos resultados me hubieran requerido más trabajo o esfuerzo. Lo único que hubiese tenido que hacer es tener una mejor estructura.

Y ahora, de nuevo, lo veo como un error. Un error de difícil solución.

Me preocupa pensar que quizá pueda no estar viendo ahora algo que, visto desde el futuro, me muestre que estoy obrando de forma errónea. Estoy en una época de cambios. De nuevos caminos. De toma de decisiones. De intentar abrirme paso de nuevo. Y no sé si estoy dando los pasos correctos.

Ahora tengo un plan. Una estructura. Un camino. Pero lo tuve desde que llegué. El problema es que no ha tenido resultados. Ahora tengo la sensación de que hay más cosas que no dependen de mi, que las que dependen. Intento hacer bien las que dependen de mi, pero no sé si tendría más éxito haciéndolas de otra manera. Tengo miedo de ver claro en el futuro algo que no estoy sabiendo ver ahora. Espero que no suceda.

Si pudiese volver atrás. O si tuviese que recomendar a alguien en el futuro, creo que le recomendaría tener una estrategia. Buscar. Probar en la época en la que se puede probar. Definir los gustos. Imaginarse en el futuro. Y luchar con fuerza por obtenerlo.

Nunca es tarde para cambiar una dinámica. Pero si puede ser tarde para tomar determinadas decisiones. Yo ya no puedo volver atrás y deshacer lo hecho. Tampoco sé si lo querría.

Me queda la tranquilidad de ser ahora consciente de todo lo arriba expuesto. Me queda la tranquilidad de que ese conocimiento estará presente en el desarrollo futuro de mis acontecimientos. ¿Me equivocaré? Seguro. Como siempre. Pero también habrá aciertos.

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Cómo irte a vivir a Alemania (3)

Hielo

(…)

Y como comenté, dejar morir el despacho fue un gran error.

El despacho lo monté allá por 2009, y puse mucho trabajo en él hasta hacerlo funcionar. Muchos días trabajados, muchos clientes desagradables, mucho trabajo gratis hasta que me di a conocer. En definitiva, mucho luchar. Y funcionó. Y funcionó en una época poco propicia para cualquier negocio en España.

Con el paso del tiempo me había creado una red que me permitía muy fácilmente cubrir los costes del despacho, y seguir generando trabajo que me generaba un buen margen para el tiempo que me requería.

Pero pensé que la situación en Alemania iba a ser mejor de lo que ha sido. Y me equivoqué.

A lo largo de los años que tuve el despacho pasé por muchas épocas. Buenas, regulares, malas, muy malas y horribles. Pero la verdad es que los últimos tiempos en Sevilla las cosas funcionaron razonablemente bien. Como pasa siempre, cuando mejor te van las cosas, más fácil es que la gente confíe en ti. Y dedicándole menos tiempo y menos esfuerzo que nunca, el retorno era mucho mejor.

Pensé que conseguir trabajo en Alemania iba a ser más o menos sencillo. Al menos algo al nivel económico de España. Pensé además que no iba a necesitar ir a Sevilla más que un par, o tres, de veces al año. Pero me equivoqué.

Me vine en junio, pero tanto en los meses anteriores, como en los posteriores, empecé a renunciar a trabajos. Empecé a recomendar a compañeros. Empecé a poner fechas límites para colaboraciones.

En su momento me pareció la decisión más acertada. Si empezaba a trabajar en Alemania y, a la vez, aprendía un idioma, no iba a tener el tiempo suficiente para hacer un buen trabajo y, sobre todo, no iba a tener el tiempo para venir a Sevilla a hacerme cargo de los asuntos que requirieran aquí mi presencia.

Y por eso cerré el despacho.

Ahora lo veo como un error por cuanto el despacho podría haberse estabilizado. Incluso si hubiese conseguido un trabajo aquí, siempre hubiera podido tener la posibilidad de cerrarlo; pero a posteriori. Hubiera sido siempre un perfecto plan b. Hubiera seguido en el mercado. Hubiera tenido unos ingresos más o menos fijos. Y me hubiese financiado mis viajes a Sevilla.

Este son el tipo de cuestiones en las que no se piensa cuando tomas una decisión del calibre de la que yo tomé. Me imagino que no se puede tener esa perspectiva. Todos pensamos que las cosas van a ir a mejor. Con el esfuerzo lógico, lo normal es que todo evolucione. Pero no. Al menos, en este caso no.

Además, el haber estado tan desconectado de lo que antes era mi vida normal me ha ido creando en estos dos años un miedo a volver a empezar algo de forma autónoma. Cuando cerré el despacho me bajé de la montaña que ahora tendría que volver a escalar. Y a veces no me siento con la fuerza necesaria.

(…)

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¡Hágase el derecho! (Mi pasantía)

Calle Agua

Volvamos un rato a principios de 2005.

Obviemos nombres, y algunas realidades.

Fue entonces cuando empecé a trabajar. De nuevo. En un despacho de abogados. Bueno, no a trabajar. A hacer mi pasantía.

Unos meses antes de lo que relato, me reuní con el que, después, se convertiría en mi maestro. En su despacho. Recuerdo sus palabras. Algunas de ellas. Ahora, en concreto, recuerdo que me dijo algo así como: “encárgate de aprobar las asignaturas en la Universidad, que yo me encargaré de hacer un buen abogado de ti”.

Con motivo de una relación personal de la que cada vez guardo peor recuerdo, las cosas no iban bien en la Universidad. Empecé a dejar de ir a clase. A dejar de estudiar. A dejar de relacionarme con los amigos de allí. Y como consecuencia lógica: dejé de obtener buenos resultados.

Pero volvamos a lo anterior. En la oferta que me hizo este hombre, vi la posibilidad de obligarme a mejorar en la Universidad. Y a la vez, me labraba un futuro. Dicho y hecho. Quedé con mi maestro; le engañé diciéndole que tenía aprobadas asignaturas que no tenía. Le dije que sabía lo que no sabía. Y el se ofreció a ayudarme (posiblemente, sabiendo que mentía). Y me ofreció la oportunidad de empezar.

Y lo que empezó fue una relación -irregular en la intensidad- que se alargó por varios años.

Empecé recibiendo pequeños encargos. Pero llenos de responsabilidad. Recuerdo sentarme con él; que él empezara a hablarme del expediente; de conceptos jurídicos; de estrategias; y recuerdo no enterarme de nada. Sin mostrarlo, nada más llegaba a mi rincón del despacho, apuntaba las palabras claves con la que me había quedado, y empezaba desde cero a buscar y construir una realidad jurídica que desconocía por completo. Tengo muy buenos, y muy bonitos, recuerdos de aquello.

Mi maestro tuvo en su padre al suyo. Y creo que desde el primer momento me trató más como un padre a esos efectos, que como un jefe. Fueron muchas horas las que compartimos juntos. Muchas experiencias y mucha confianza.

La irregularidad de la que hablé antes iba referida al hecho de que, si el encargo no me gustaba, empezaba a darle vueltas al asunto y a buscar excusas para no tenerme que enfrentar a lo que no me gustaba. Y podía estar semanas sin ir.

Y así fueron pasando meses y años.

A mi lado tenía una persona extremadamente negativa. Y me dejé llevar. Culpa, exclusivamente, mía. Empecé a no ver que estaba aprendiendo. Que me estaban dando una oportunidad. Confianza. Me estaban enseñando a ganarme la vida. Y no lo aprecié. Empecé a creer que tenía más derechos de los que recibía. Empecé a exigir sin pedir. A esperar sin hablar. A decepcionarme con una realidad que, ahora entiendo, estaba malinterpretando.

Acompañó a lo anterior una mala época dentro del propio despacho que incluyó una guerra entre dos personas que apreciaba mucho, y que supuso diferentes batallas en las que me vi profundamente afectado.

El mal ambiente en el despacho se unía al mal ambiente en la que fue mi relación personal, mal ambiente en la familia, mal ambiente en la Universidad, y empezó una etapa negra de mi vida profesional de la que aun no he salido.

Acabé la carrera, y la situación no cambió. Una de las batallas arriba comentadas me relegó a una posición dentro del despacho que no me gustaba nada. Económicamente la situación fue a mucho peor. El ambiente estaba demasiado gris. Y llegó la última batalla que perdí con una compañera del despacho, que me llevó a dejar aquello.

Y hasta hoy.

Fueron muchos años muy bonitos. Años de compañerismo. De buen ambiente. Años de aprender. Años de mejorar. Años de amistad. Sin embargo, esos años quedaron empañados por unos seis últimos meses realmente malos, y desagradables, y así han estado en mi mente hasta hoy, que escribo estas palabras.

Hace ya muchos años de aquello. Ha pasado mucho tiempo, y desde que les dejé no he tenido prácticamente ocasión de reencontrarme con nadie de allí.

A veces me gustaría volver. Llamar a mi maestro. Tomar un café y charlar. Intentar, no solucionar las cosas, pero sí agradecer todo lo que se hizo allí por mi, y reconocer todo lo que aprendí.

Pero agua pasada no mueve molino. Cada día que pasa tiene más presencia en mi cabeza el buen recuerdo de aquello, que el malo. Temo reabrir una herida. Y cobardemente, actúo en consecuencia.