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¡Hágase el derecho! (Mi pasantía)

Calle Agua

Volvamos un rato a principios de 2005.

Obviemos nombres, y algunas realidades.

Fue entonces cuando empecé a trabajar. De nuevo. En un despacho de abogados. Bueno, no a trabajar. A hacer mi pasantía.

Unos meses antes de lo que relato, me reuní con el que, después, se convertiría en mi maestro. En su despacho. Recuerdo sus palabras. Algunas de ellas. Ahora, en concreto, recuerdo que me dijo algo así como: “encárgate de aprobar las asignaturas en la Universidad, que yo me encargaré de hacer un buen abogado de ti”.

Con motivo de una relación personal de la que cada vez guardo peor recuerdo, las cosas no iban bien en la Universidad. Empecé a dejar de ir a clase. A dejar de estudiar. A dejar de relacionarme con los amigos de allí. Y como consecuencia lógica: dejé de obtener buenos resultados.

Pero volvamos a lo anterior. En la oferta que me hizo este hombre, vi la posibilidad de obligarme a mejorar en la Universidad. Y a la vez, me labraba un futuro. Dicho y hecho. Quedé con mi maestro; le engañé diciéndole que tenía aprobadas asignaturas que no tenía. Le dije que sabía lo que no sabía. Y el se ofreció a ayudarme (posiblemente, sabiendo que mentía). Y me ofreció la oportunidad de empezar.

Y lo que empezó fue una relación -irregular en la intensidad- que se alargó por varios años.

Empecé recibiendo pequeños encargos. Pero llenos de responsabilidad. Recuerdo sentarme con él; que él empezara a hablarme del expediente; de conceptos jurídicos; de estrategias; y recuerdo no enterarme de nada. Sin mostrarlo, nada más llegaba a mi rincón del despacho, apuntaba las palabras claves con la que me había quedado, y empezaba desde cero a buscar y construir una realidad jurídica que desconocía por completo. Tengo muy buenos, y muy bonitos, recuerdos de aquello.

Mi maestro tuvo en su padre al suyo. Y creo que desde el primer momento me trató más como un padre a esos efectos, que como un jefe. Fueron muchas horas las que compartimos juntos. Muchas experiencias y mucha confianza.

La irregularidad de la que hablé antes iba referida al hecho de que, si el encargo no me gustaba, empezaba a darle vueltas al asunto y a buscar excusas para no tenerme que enfrentar a lo que no me gustaba. Y podía estar semanas sin ir.

Y así fueron pasando meses y años.

A mi lado tenía una persona extremadamente negativa. Y me dejé llevar. Culpa, exclusivamente, mía. Empecé a no ver que estaba aprendiendo. Que me estaban dando una oportunidad. Confianza. Me estaban enseñando a ganarme la vida. Y no lo aprecié. Empecé a creer que tenía más derechos de los que recibía. Empecé a exigir sin pedir. A esperar sin hablar. A decepcionarme con una realidad que, ahora entiendo, estaba malinterpretando.

Acompañó a lo anterior una mala época dentro del propio despacho que incluyó una guerra entre dos personas que apreciaba mucho, y que supuso diferentes batallas en las que me vi profundamente afectado.

El mal ambiente en el despacho se unía al mal ambiente en la que fue mi relación personal, mal ambiente en la familia, mal ambiente en la Universidad, y empezó una etapa negra de mi vida profesional de la que aun no he salido.

Acabé la carrera, y la situación no cambió. Una de las batallas arriba comentadas me relegó a una posición dentro del despacho que no me gustaba nada. Económicamente la situación fue a mucho peor. El ambiente estaba demasiado gris. Y llegó la última batalla que perdí con una compañera del despacho, que me llevó a dejar aquello.

Y hasta hoy.

Fueron muchos años muy bonitos. Años de compañerismo. De buen ambiente. Años de aprender. Años de mejorar. Años de amistad. Sin embargo, esos años quedaron empañados por unos seis últimos meses realmente malos, y desagradables, y así han estado en mi mente hasta hoy, que escribo estas palabras.

Hace ya muchos años de aquello. Ha pasado mucho tiempo, y desde que les dejé no he tenido prácticamente ocasión de reencontrarme con nadie de allí.

A veces me gustaría volver. Llamar a mi maestro. Tomar un café y charlar. Intentar, no solucionar las cosas, pero sí agradecer todo lo que se hizo allí por mi, y reconocer todo lo que aprendí.

Pero agua pasada no mueve molino. Cada día que pasa tiene más presencia en mi cabeza el buen recuerdo de aquello, que el malo. Temo reabrir una herida. Y cobardemente, actúo en consecuencia.

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Café

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¿Existe la suerte?

No estoy del todo convencido de su existencia en sentido positivo, pero si en sentido negativo. ¿Se puede controlar la suerte? Creo que no.

Esta mañana, procrastinando lo que debía hacer, me puse a leer un artículo referido a uno de mis ídolos musicales, Neil Young. Ese artículo me llevó a otro, y este último a un tercero. Es imposible referirse a la historia de la música sin hablar de Neil Young, y es imposible referirse a la música de este sin referirse a Crosby, Stills and Nash (otra de mis debilidades musicales).

Una de las virtudes que tiene vivir dónde vivo, es que tengo la suerte de poder disfrutar de una oferta de conciertos impresionante. Este mismo año, CSN dan un concierto (carísimo, por cierto) aquí en Berlín. Y me debato entre la duda de ir o no. No sé si cuando me decida será demasiado tarde.

Al grano; la sucesión de artículos me llevó a una entrevista a David Crosby (uno de los mejores músicos y guitarristas de la historia), dónde se refería a la dinámica de abusos en la que se ha desarrollado su vida, y cómo a pesar de tener más de 70 años, y de haber hecho lo mismo que a tantos de sus amigos (Joplin, Hendrix,…) llevó a la muerte, el sigue sintiéndose fuerte, y capacitado para dar como mínimo diez años más de música. Comentaba, a su vez, que había hecho todo lo que estaba en su mano para haber tenido un rápido final. Todo lo anterior, teniendo en cuenta de que actualmente sufre de Hepatitis C, diabetes y de una afección en el corazón.

Está claro que nos encontramos un caso en el que no sólo ha escapado de la mala suerte, sino que creo debe haber algo más que justifique que, aun a pesar de haberlo hecho todo mal, el destino no le ha permitido fallar.

No lo sé.

¿Hay una correlación entre lo que nos deparará el futuro y lo que hacemos a diario? Es indudable. ¿Hasta qué punto está en nuestras manos todo lo que nos pase? Esa es la pregunta que llevo haciéndome desde hace muchísimo tiempo. Me imagino que no tiene una respuesta clara, pero seguro que en algún momento podré determinar un porcentaje.

Si la vida es justa, debe haber una correlación entre sucesos buenos y malos. Y, aunque no fuese justa, esa correlación debe existir. ¿Es subjetiva la apreciación de si lo bueno ha compensado lo malo y viceversa? Me lo imagino. ¿Cuándo podremos valorar eso? No tengo ni la más mínima idea.

Creo que cada día hago mejor café. La única limitación que tengo, es la de no poder beberlo tanto como me gustaría. Podría beber 10-12 tazas de café al día, pero las consecuencias serían peores que el placer que me produce.

No tengo ningún tipo de teoría sobre cómo hacer un buen café. Creo, además, que hoy en día hay muchos gurús al respecto.

Yo me limito a probar e investigar. No hay una receta. Cada día, a la hora de hacerme el café, varío la receta en base a criterios que ni yo mismo sabría entender, pero el resultado (siendo cada día distinto) es siempre igual de satisfactorio.

Como con todo, creo que hay que estar abierto a probar diferentes variedades, diferentes formas de hacerlo, y después decidir la que más gusta.

Yo tengo mis dos tipos de café favoritos (variando un poco, dependiendo del día):

– Café de filtro: un par de cucharadas de café molido para unos 400ml de agua. Sin azúcar y , por supuesto, sin leche. El café tiene que ser potente, pero no ácido.

– Café con leche: Café normal hecho en una cafetera expreso a media carga, más leche. 80% café, 20% de leche. Nada de azúcar. Si acaso, un poco de canela.

Pero cada momento tiene su café.

Hoy he hecho un experimento para ahuyentar la mala suerte. No sé si lo conseguiré. No sé si romperé el statu quo en el porcentaje de buena/mala suerte que tengo. El tiempo lo dirá. Y tiempo tengo.