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Cómo irte a vivir a Alemania (5)

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Y propiamente en la entrada anterior debería haber acabado esta serie.

Llegué a Berlín.

Los demás datos, puntos de inflexión futuros forman parte del ahora. Pero no.

Creo que aun estoy en el camino de irme a Berlin. Aun no estoy aquí.

Acabo de llegar de pasar una semana en Sevilla. De ver a mi familia. A mis amigos. Compañeros de trabajo. Clientes. Conocidos. Ex-amigos.

Cada vez que me voy a Sevilla la dinámica se rompe. No he sido hasta ahora capaz de cambiar mi vida alemana por mi vida sevillana cuando estoy allí. Y mientras eso no cambie, seguiré en el camino.

Cuando cambias de ciudad, de país, tienes la posibilidad de varias cosas en tu vida de una forma que sería imposible residiendo dónde residías. Tenemos miedo al cambio. Tenemos miedo a la apreciación que otros puedan hacer de nuestro cambio. Tenemos miedo a que alguien descubra algo que no ha sabido, o podido, ver en el tiempo previo a ese cambio.

Ahora sé que en el momento en que decides irte a otro país, estás decidiendo tener diferentes puntos de vista, diferentes formas de ser, diferentes perspectivas, dependiendo de dónde estés. Y ninguna de las dos eres tú al 100%.

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Cómo irte a vivir a Alemania (4)

Amsterdam

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El caso es que por decisión propia, me encontraba en Berlín. Tras prácticamente 3 años de relación a distancia, por fin podíamos estar juntos de nuevo. Ahora que disfruto de la vida en pareja creo que no valoro suficientemente lo afortunado que soy. De pronto, mi principal problema en Sevilla estaba solucionado. Se había cerrado el círculo. Lo habíamos logrado.

Hay pocos sitios más agradables dónde estar que en Berlín en el mes de Junio. Sol, temperaturas agradables, eventos, música,… Mi llegada a Berlín fue un sueño . La felicidad. Todo fue perfecto. Volvía a salir de mi zona de confort, me movía a otro país para estar con mi pareja, pero tenía un buen colchón económico, capacidad para seguir produciendo dinero, un verano con mucho tiempo libre, y en definitiva un futuro que disfrutar.

En mis primeros meses de estancia en Berlin me dedicaba a disfrutar la vida en su más amplio sentido. Me levantaba temprano, miraba si tenía algo de trabajo que hacer, contestaba algunos correos, hacía unas llamadas, y después me dedicaba a hacer deporte o visitar la ciudad. Y por la tarde-noches, cuando venía Alice, salíamos a cenar, a dar una vuelta, a quedar con amigos, o a cualquier cuestión del estilo. Entre tanto, por cuestiones de trabajo, tuve que volver varias veces a Sevilla por periodos de una semana; pero ahora Sevilla también era diferente. Estaba en casa de mis padres, tenía el mismo tiempo libre, y la misma voluntad de disfrutarlo.

Tal era el nivel de disfrute que no me preocupé por empezar a buscar trabajo en previsión al hecho de que en no demasiado tiempo debería dejar el trabajo del hospital. Tampoco me preocupó empezar a aprender el idioma.

Como comenté más atrás, mis dos años anteriores fueron muy estresantes. Muy intensos. Y ahora sólo quería disfrutar. Tener tiempo para mi. Y aprovecharlo. Nunca sabes cuándo vas a volver a tener la misma oportunidad. Y así lo hice.

Si tuviera que trazar una linea anímica sobre mis últimos años, la linea sería descendente desde que abrí el despacho hasta que tocó su punto más bajo cuando Alice se fue de Sevilla; a partir de ahí la linea se estabilizó por abajo y empezó a remontar muy poco a poco hasta el viaje a Vietnam, dónde pasé los mejores días de mi vida; tras esto, la situación se estabilizó en lo alto pero con una tendencia descendente hasta el momento en que me vine a Berlin, dónde de nuevo volvió a repuntar. A partir de ahí, hay dos momentos que yo determino cruciales en el devenir de esta linea anímica que ahora se encuentra en el punto más bajo que nunca ha estado:

El primer punto de inflexión fue a mi vuelta de uno de esos viajes a Sevilla con motivo de trabajo. En este caso, además, con motivo de una boda, la estancia se alargó hasta finales del mes de julio; unos diez días en total. Vine a Berlín, celebramos el cumpleaños de Alice, y me dispuse a seguir disfrutando de la vida. Pero una mañana, una vez acabadas las faenas que tenía, y aprovechando el buen tiempo, decidí salir a hacer unas compras. Unos 15 minutos después de salir de casa, en una situación un poco ridícula e imprevisible, tuve un accidente con la bicicleta que me obligó (unos días después) a tener que operarme del brazo.

Esta operación paró de golpe toda la dinámica que llevaba. De pronto me vi en mitad de verano ingresado en un hospital, con muchísimo dolor, y con una limitación de movimientos que se iba a mantener por muchos meses. Médicos, medicina, rehabilitación, dolor,… todo eso me dejó el accidente durante hoy no sé si 6, 7, 8 o incluso más meses. Fue una pesadilla. No se lo deseo a nadie. Ese fue el primer punto de inflexión. No tardó demasiado en llegar. Y lo cambió todo.

El segundo punto de inflexión, que acentuó el descenso anímico sucedió en la navidad de 2013; pero eso no sé si contarlo o reservarlo para mi. El tiempo lo dirá

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Cómo irte a vivir a Alemania (3)

Hielo

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Y como comenté, dejar morir el despacho fue un gran error.

El despacho lo monté allá por 2009, y puse mucho trabajo en él hasta hacerlo funcionar. Muchos días trabajados, muchos clientes desagradables, mucho trabajo gratis hasta que me di a conocer. En definitiva, mucho luchar. Y funcionó. Y funcionó en una época poco propicia para cualquier negocio en España.

Con el paso del tiempo me había creado una red que me permitía muy fácilmente cubrir los costes del despacho, y seguir generando trabajo que me generaba un buen margen para el tiempo que me requería.

Pero pensé que la situación en Alemania iba a ser mejor de lo que ha sido. Y me equivoqué.

A lo largo de los años que tuve el despacho pasé por muchas épocas. Buenas, regulares, malas, muy malas y horribles. Pero la verdad es que los últimos tiempos en Sevilla las cosas funcionaron razonablemente bien. Como pasa siempre, cuando mejor te van las cosas, más fácil es que la gente confíe en ti. Y dedicándole menos tiempo y menos esfuerzo que nunca, el retorno era mucho mejor.

Pensé que conseguir trabajo en Alemania iba a ser más o menos sencillo. Al menos algo al nivel económico de España. Pensé además que no iba a necesitar ir a Sevilla más que un par, o tres, de veces al año. Pero me equivoqué.

Me vine en junio, pero tanto en los meses anteriores, como en los posteriores, empecé a renunciar a trabajos. Empecé a recomendar a compañeros. Empecé a poner fechas límites para colaboraciones.

En su momento me pareció la decisión más acertada. Si empezaba a trabajar en Alemania y, a la vez, aprendía un idioma, no iba a tener el tiempo suficiente para hacer un buen trabajo y, sobre todo, no iba a tener el tiempo para venir a Sevilla a hacerme cargo de los asuntos que requirieran aquí mi presencia.

Y por eso cerré el despacho.

Ahora lo veo como un error por cuanto el despacho podría haberse estabilizado. Incluso si hubiese conseguido un trabajo aquí, siempre hubiera podido tener la posibilidad de cerrarlo; pero a posteriori. Hubiera sido siempre un perfecto plan b. Hubiera seguido en el mercado. Hubiera tenido unos ingresos más o menos fijos. Y me hubiese financiado mis viajes a Sevilla.

Este son el tipo de cuestiones en las que no se piensa cuando tomas una decisión del calibre de la que yo tomé. Me imagino que no se puede tener esa perspectiva. Todos pensamos que las cosas van a ir a mejor. Con el esfuerzo lógico, lo normal es que todo evolucione. Pero no. Al menos, en este caso no.

Además, el haber estado tan desconectado de lo que antes era mi vida normal me ha ido creando en estos dos años un miedo a volver a empezar algo de forma autónoma. Cuando cerré el despacho me bajé de la montaña que ahora tendría que volver a escalar. Y a veces no me siento con la fuerza necesaria.

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Café

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¿Existe la suerte?

No estoy del todo convencido de su existencia en sentido positivo, pero si en sentido negativo. ¿Se puede controlar la suerte? Creo que no.

Esta mañana, procrastinando lo que debía hacer, me puse a leer un artículo referido a uno de mis ídolos musicales, Neil Young. Ese artículo me llevó a otro, y este último a un tercero. Es imposible referirse a la historia de la música sin hablar de Neil Young, y es imposible referirse a la música de este sin referirse a Crosby, Stills and Nash (otra de mis debilidades musicales).

Una de las virtudes que tiene vivir dónde vivo, es que tengo la suerte de poder disfrutar de una oferta de conciertos impresionante. Este mismo año, CSN dan un concierto (carísimo, por cierto) aquí en Berlín. Y me debato entre la duda de ir o no. No sé si cuando me decida será demasiado tarde.

Al grano; la sucesión de artículos me llevó a una entrevista a David Crosby (uno de los mejores músicos y guitarristas de la historia), dónde se refería a la dinámica de abusos en la que se ha desarrollado su vida, y cómo a pesar de tener más de 70 años, y de haber hecho lo mismo que a tantos de sus amigos (Joplin, Hendrix,…) llevó a la muerte, el sigue sintiéndose fuerte, y capacitado para dar como mínimo diez años más de música. Comentaba, a su vez, que había hecho todo lo que estaba en su mano para haber tenido un rápido final. Todo lo anterior, teniendo en cuenta de que actualmente sufre de Hepatitis C, diabetes y de una afección en el corazón.

Está claro que nos encontramos un caso en el que no sólo ha escapado de la mala suerte, sino que creo debe haber algo más que justifique que, aun a pesar de haberlo hecho todo mal, el destino no le ha permitido fallar.

No lo sé.

¿Hay una correlación entre lo que nos deparará el futuro y lo que hacemos a diario? Es indudable. ¿Hasta qué punto está en nuestras manos todo lo que nos pase? Esa es la pregunta que llevo haciéndome desde hace muchísimo tiempo. Me imagino que no tiene una respuesta clara, pero seguro que en algún momento podré determinar un porcentaje.

Si la vida es justa, debe haber una correlación entre sucesos buenos y malos. Y, aunque no fuese justa, esa correlación debe existir. ¿Es subjetiva la apreciación de si lo bueno ha compensado lo malo y viceversa? Me lo imagino. ¿Cuándo podremos valorar eso? No tengo ni la más mínima idea.

Creo que cada día hago mejor café. La única limitación que tengo, es la de no poder beberlo tanto como me gustaría. Podría beber 10-12 tazas de café al día, pero las consecuencias serían peores que el placer que me produce.

No tengo ningún tipo de teoría sobre cómo hacer un buen café. Creo, además, que hoy en día hay muchos gurús al respecto.

Yo me limito a probar e investigar. No hay una receta. Cada día, a la hora de hacerme el café, varío la receta en base a criterios que ni yo mismo sabría entender, pero el resultado (siendo cada día distinto) es siempre igual de satisfactorio.

Como con todo, creo que hay que estar abierto a probar diferentes variedades, diferentes formas de hacerlo, y después decidir la que más gusta.

Yo tengo mis dos tipos de café favoritos (variando un poco, dependiendo del día):

– Café de filtro: un par de cucharadas de café molido para unos 400ml de agua. Sin azúcar y , por supuesto, sin leche. El café tiene que ser potente, pero no ácido.

– Café con leche: Café normal hecho en una cafetera expreso a media carga, más leche. 80% café, 20% de leche. Nada de azúcar. Si acaso, un poco de canela.

Pero cada momento tiene su café.

Hoy he hecho un experimento para ahuyentar la mala suerte. No sé si lo conseguiré. No sé si romperé el statu quo en el porcentaje de buena/mala suerte que tengo. El tiempo lo dirá. Y tiempo tengo.

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Cómo irte a vivir a Alemania (1)

Flores

Sigo por Berlín.

Definitivamente no he escrito demasiado en los últimos meses. Años. Nunca.

Hay que cambiar eso.

En la semana que empieza celebro dos años viviendo en Alemania. Bueno en Berlín. No es exactamente lo mismo.

Creo que puede ser un buen ejercicio hacer un resumen de qué han significado estos dos años tan lejos, o tan cerca. De las muchas formas en las que podría estructurar el resumen, elijo hacerlo en dos etapas, no necesariamente marcada por ninguna fecha, o acontecimiento.

Pero antes, vamos a ponernos en antecedentes:

Cuando llegué (2013), acababa de dejar la ciudad que me había visto nacer y vivir durante 30 años. Mi familia, mis amigos, mis historias, todo se quedó en Sevilla. En esa época estaba trabajando en una empresa de investigaciones médicas, y tenía mi despacho. Días antes de venir, terminé mi MBA.

El año inmediatamente anterior (2012) había supuesto mi emancipación; hubo determinados cambios en mi familia (mi padre perdió su empleo, y empezó valientemente, a ganarse la vida como taxista) y en mi situación económica (accedí a un puesto de trabajo bien remunerado y estable; y el despacho marchaba bien) que me llevaron a pensar que lo mejor que podía hacer, y de la mejor forma que podía ayudar, era cogiendo un poco de distancia intentando, a su vez, ayudar desde fuera. No me fui muy lejos, pero si lo suficiente como para saber que una etapa de mi vida se cerraba (juventud), y empezaba otra (madurez).

La distancia me llevó a descubrir muchísimas cosas que me gustaban de mi familia, y no sabía disfrutar. Me llevó a acercarme de otra forma a los integrantes de la misma (especialmente a mis padres); me dio independencia; y (pero) me hizo sentir sólo. Ya entonces (y desde hacía dos años) no tenía cerca a la persona que quería (mi pareja), ni vivía con mi familia. Por aquella época mis días estaban llenos: dos trabajos y la universidad suponían muchas horas en la calle, muchas horas trabajando, mucho ejercicio mental.

Fue también la independencia y la carga de trabajo la que me llevó a descubrí al que ha sido mi gran aliado en los últimos años: el deporte. Tanta carga mental, tanta responsabilidad, tanto socializar, me creó la necesidad de buscar un vía de escape, crear un momento de tranquilidad, de escuchar música, de pensar, de planear, etcétera.

Empecé a hacer ejercicio, a encontrarme mejor; a ponerme pequeñas metas que iba logrando. Muchas veces pienso que el deporte ha actuado como una droga en mi. Esa sensación de euforia me llevó a tomar decisiones de una forma precipitada, mal medidas y, en definitiva, equivocadas.

Ya por entonces los fines de semana se convirtieron en visitas familiares, dónde podía volver a sentir la sensación de estar en casa de mis padres, en la que había sido mi casa durante tantos años, y poder pasar tiempo con quienes siempre había compartido mi vida. Me gustaba levantarme un sábado temprano (siempre me ha gustado) e irme a desayunar con quien hubiese en casa. Sacar al perro mientras mi madre me preparaba el café. Ir a tomar churros. Hacer la compra. Escuchar.

Como ya no estaba dentro de casa, y buscaba la forma de ver a todos los miembros de casa de forma independiente, me fui convirtiendo un poco en el confidente de todos ellos. Ahora los cafés con mi madre, o con mi padre, servían para intentar resolver, o buscar una explicación, a las cosas que estaban pasando en casa. En no pocas ocasiones sentí que estaba metiéndome dónde no me llamaban. Por suerte, nunca valoré. Simplemente opiné. Traté de ser coherente con mi forma de pensar, sin olvidar el hecho de que en ese momento estaba intentando ser el hombro de quienes siempre habían sido el mío.

Así las cosas, poco a poco me iba sintiendo más independiente con respecto a mi, pero más responsable de mi familia.

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