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Nueva época

Ramo de boda

Dos semanas de ruido. Dos semanas de silencio. Las dos mejores semanas de mi vida.

Por primera vez estoy sólo desde entonces. Ha sido una marea de cariño, amor, amistad, sentimientos, risas y pasión la que me han tenido alejado de este rincón en estas dos semanas.

Pero no sólo la he disfrutado yo; tengo la suerte de haber compartido estos momentos con la gente que más quiero, y creo que el grado de satisfacción de estos es muy similar al mío.

Me gustaría escribir sobre lo acontecido en estas dos semanas y lo voy a hacer, pero no por aquí. La intimidad de los momentos vividos excede a lo que quiero, o no, compartir en este blog. En cualquier caso, estoy de vuelta. Volveré a la dinámica de antes, y volveré a compartir todo lo que por aquí suelo.

Vengo con baterías recargadas, con el ánimo por las nubes, con muchos sueños por cumplir, y con grandes expectativas. A ver qué tal se da esta nueva época.

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Hora de levantarse

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El pasado sábado me pasó algo que me resultó curioso. Tuve miedo a que alguien pudiera usar lo aquí escrito en contra mía. Y lo tuve, sólo por el contenido “pesimista” que el blog tiene.

No puedo remediar tener la sensación de que todo lo que puede salir mal, lleva un par de años saliendo mal. Con alguna excepción, pero en lineas generales es así. Me salen las cosas mal hasta cuando no las busco. Y me jode que alguien pueda usarlo en contra mía.

Y creo que es hora de cambiar la perspectiva. Y la cambio aun a sabiendas de que la semana que viene va a ser mala. Ya sé que van a llegar malas noticias. De nuevo.

Pero de alguna forma tiene que cambiar la dinámica. Y ahora mismo la única forma que tengo de cambiarla, es a través de la perspectiva con que tomo lo que sucede a mi alrededor.

Una de las canciones más famosas de Simon & Garfunkel cita aquello de “I’d rather be a hammer than a nail”, e indudablemente la cita tiene razón. Llevo demasiado tiempo siendo nail, que a vece creo que es imposible cambiar la perspectiva con la que actúo frente a lo que me rodea.

Poco a poco me he ido recluyendo, agachando y ocultando, y eso me ha llevado a tener la sensación de que no era mala idea ocultarse cuando las cosas van mal, porque cuantas menos oportunidades des a Murphy de hacerse con la suya, mejor. Pero no. No es cierto.

La vida sigue. Y seguirá mientras no llegue lo irremediable. Que llegará. Y ocultarse no es remedio a ningún mal. Me están pasando cosas negativas incluso sin buscarlas. Y por no buscar, no encuentro. La única forma de seguir hacia adelante es seguir intentando vivir. Luchar. Salir. Volver a ponerse de pie. Y desde luego la semana próxima va a ser un ejemplo de lo jodido que es intentar levantarse cuando te llegan golpes incluso de dónde menos lo esperas. Pero no queda otra.

Hasta ahora he sido yo, pero en unas semanas seremos nosotros. Una familia está en camino, y no puedo seguir estando viéndolas venir. Hay que salir y luchar.

Y me cago en Dios que voy a poder con esto.

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Se acerca el día

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Esto se está llenando de motivados. Gente que te dice qué puedes (casi todo), y que la mayoría de las limitaciones las tienes en la mente. No me parece mal.

Para mi un fracaso es aquello que ni siquiera se ha intentado. Algo que quedó en el tintero. Un sueño. Al contrario, nada que se haya intentado debe ser considerado un fracaso. Ni mucho menos. Yo soy un claro ejemplo de ello, y he contado por aquí muchas experiencias que derivaron en fracaso y que, sin embargo, sirvieron de valioso aprendizaje.

Pero creo que no todo se puede conseguir. Creo que hay clarísimas limitaciones en lo que cada uno puede y/o no puede conseguir, y creo a su vez que depende de la fuerza mental de cada uno saber en qué se está metiendo, y en qué no. Me parece aventurado no medir los riesgos de cada paso que se está dando.

Después, podremos valorar si la apreciación de los riesgos fue buena o mala. Pero hay que partir de una meditación previa antes de iniciar algo que quizá nos genere más frustración que aprendizaje y, sobretodo, éxito.

No hace demasiado escuché en un podcast de divulgación científica que me gusta mucho (Catástrofe Ultravioleta) que no era mejor el reloj el que menos se atrasaba o adelantaba, sino que el mejor reloj era el que se adelantaba o atrasaba de una forma regular y previsible. A eso me refiero.

Y el que me entienda, que me compre.

 

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De noche

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Se hace de noche.

Se hace de noche en Berlín.

Me vuelvo a encontrar en época de decisiones. Y cada decisión conlleva la posibilidad de cometer un error. Y ya he cometido varios. Sobre todo vistos desde la distancia.

¿Cuál es la mejor forma de proceder?

¿Qué camino tomar?

No lo sé.

Hace un mes que escribí las palabras de arriba. Es de noche en Berlin. Noche de tormenta y granizo. Rayos. La retomo.

Las decisiones de las que dudaba entonces están tomadas. El paso está dado. El camino ha comenzado. Y me ha sentado bien en todos los aspectos.

¿Me habré equivocado? Ahora después de haber dado el paso me doy cuenta de que es bastante más posible de lo que pudiese haber valorado en su momento. Pero es no cambia el resultado. Creo que era el paso que había que dar. Creo que es la única forma que tengo de poner en práctica lo mucho aprendido. Como me explicaron un día, es posible que entre en una dinámica que no sea lo suficientemente buena como para sentirme alentada a seguir, pero que cada vez que me vea animado a dejarlo aparezca algo que me impida hacerlo. Fue una gran verdad que me dijeron. Hice bien en no olvidarla.

Veremos como se desarrollan los acontecimientos.

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La cueva

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Fueron muchos días en mi cuarto.

Muchas mañanas.

Muchas noches.

Muchas tardes.

Aun no sé por qué me encerraba. Me imagino que era lo más cómodo.

Siempre me gustó la soledad. Incluso ahora, que disfruto más de la compañía, o que la compañía es más agradable. Quizá lo agradable de la compañía no fuese nunca un problema. Quizá el problema fui yo. Mi vida. Lo que decidí en ese momento. Dónde me encontraba.

Es curioso lo de la música en este blog. Ahora mismo suena aquello de “What would you think if I sang out of tune…”. Quizá fue ese el problema. Quizá todos necesitamos un poco de help of our friends. Quizá fue ese mi problema en ese momento. No lo sé.

Ahora estoy lejos de todo, y todos, lo que estaban dónde yo estaba cuando me encerraba en mi cuarto sin saber por qué. Pero no me arrepiento de aquello. No echo (aun) en falta los momentos que dejé de compartir cuando la distancia no era un impedimento para compartirlos. Quizá algún día lo haré. En aquel momento fue un proceso de aprendizaje. Fue por lo que tenía que pasar, cuando tuve que pasarlo. Mi travesía en el desierto. Ahora los tiempos no son fáciles, pero reacciono ante ellos de una forma total y absolutamente diferente. Eso me lo enseñó aquello.

No hay mejor aprendizaje que el que te proporciona lo vivido en tu carne. Nadie escarmienta en cabeza ajena, y por mucho que me hubiesen dicho en aquel momento que estaba cometiendo un error, no creo que lo hubiese visto con ese alcance.

Acabo de escribir error, con h. Ya lo he corregido

¿Estas pasando por eso?

¿Te sientes solo?

¿Te sientes mejor estando solo?

¿Te sientes mejor sin dar la cara?

Tranquilo. Pasará. Como todo pasa. La vida no es más que una sucesión de situaciones a veces más agradables, a veces menos, y la gran mayoría de ellas irrelevantes. Trata de aprender del momento que estás viviendo. Trata de ser mejor. Habrá un momento en que no puedas superar al pasado, pero siempre podrás superarte a ti. Lucha por eso.

Ten paciencia.

Todo pasa.

Todo.

Incluso lo que creemos que no.

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Cómo irte a vivir a Alemania (5)

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(…)

Y propiamente en la entrada anterior debería haber acabado esta serie.

Llegué a Berlín.

Los demás datos, puntos de inflexión futuros forman parte del ahora. Pero no.

Creo que aun estoy en el camino de irme a Berlin. Aun no estoy aquí.

Acabo de llegar de pasar una semana en Sevilla. De ver a mi familia. A mis amigos. Compañeros de trabajo. Clientes. Conocidos. Ex-amigos.

Cada vez que me voy a Sevilla la dinámica se rompe. No he sido hasta ahora capaz de cambiar mi vida alemana por mi vida sevillana cuando estoy allí. Y mientras eso no cambie, seguiré en el camino.

Cuando cambias de ciudad, de país, tienes la posibilidad de varias cosas en tu vida de una forma que sería imposible residiendo dónde residías. Tenemos miedo al cambio. Tenemos miedo a la apreciación que otros puedan hacer de nuestro cambio. Tenemos miedo a que alguien descubra algo que no ha sabido, o podido, ver en el tiempo previo a ese cambio.

Ahora sé que en el momento en que decides irte a otro país, estás decidiendo tener diferentes puntos de vista, diferentes formas de ser, diferentes perspectivas, dependiendo de dónde estés. Y ninguna de las dos eres tú al 100%.

(…)

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Cómo irte a vivir a Alemania (4)

Amsterdam

(…)

El caso es que por decisión propia, me encontraba en Berlín. Tras prácticamente 3 años de relación a distancia, por fin podíamos estar juntos de nuevo. Ahora que disfruto de la vida en pareja creo que no valoro suficientemente lo afortunado que soy. De pronto, mi principal problema en Sevilla estaba solucionado. Se había cerrado el círculo. Lo habíamos logrado.

Hay pocos sitios más agradables dónde estar que en Berlín en el mes de Junio. Sol, temperaturas agradables, eventos, música,… Mi llegada a Berlín fue un sueño . La felicidad. Todo fue perfecto. Volvía a salir de mi zona de confort, me movía a otro país para estar con mi pareja, pero tenía un buen colchón económico, capacidad para seguir produciendo dinero, un verano con mucho tiempo libre, y en definitiva un futuro que disfrutar.

En mis primeros meses de estancia en Berlin me dedicaba a disfrutar la vida en su más amplio sentido. Me levantaba temprano, miraba si tenía algo de trabajo que hacer, contestaba algunos correos, hacía unas llamadas, y después me dedicaba a hacer deporte o visitar la ciudad. Y por la tarde-noches, cuando venía Alice, salíamos a cenar, a dar una vuelta, a quedar con amigos, o a cualquier cuestión del estilo. Entre tanto, por cuestiones de trabajo, tuve que volver varias veces a Sevilla por periodos de una semana; pero ahora Sevilla también era diferente. Estaba en casa de mis padres, tenía el mismo tiempo libre, y la misma voluntad de disfrutarlo.

Tal era el nivel de disfrute que no me preocupé por empezar a buscar trabajo en previsión al hecho de que en no demasiado tiempo debería dejar el trabajo del hospital. Tampoco me preocupó empezar a aprender el idioma.

Como comenté más atrás, mis dos años anteriores fueron muy estresantes. Muy intensos. Y ahora sólo quería disfrutar. Tener tiempo para mi. Y aprovecharlo. Nunca sabes cuándo vas a volver a tener la misma oportunidad. Y así lo hice.

Si tuviera que trazar una linea anímica sobre mis últimos años, la linea sería descendente desde que abrí el despacho hasta que tocó su punto más bajo cuando Alice se fue de Sevilla; a partir de ahí la linea se estabilizó por abajo y empezó a remontar muy poco a poco hasta el viaje a Vietnam, dónde pasé los mejores días de mi vida; tras esto, la situación se estabilizó en lo alto pero con una tendencia descendente hasta el momento en que me vine a Berlin, dónde de nuevo volvió a repuntar. A partir de ahí, hay dos momentos que yo determino cruciales en el devenir de esta linea anímica que ahora se encuentra en el punto más bajo que nunca ha estado:

El primer punto de inflexión fue a mi vuelta de uno de esos viajes a Sevilla con motivo de trabajo. En este caso, además, con motivo de una boda, la estancia se alargó hasta finales del mes de julio; unos diez días en total. Vine a Berlín, celebramos el cumpleaños de Alice, y me dispuse a seguir disfrutando de la vida. Pero una mañana, una vez acabadas las faenas que tenía, y aprovechando el buen tiempo, decidí salir a hacer unas compras. Unos 15 minutos después de salir de casa, en una situación un poco ridícula e imprevisible, tuve un accidente con la bicicleta que me obligó (unos días después) a tener que operarme del brazo.

Esta operación paró de golpe toda la dinámica que llevaba. De pronto me vi en mitad de verano ingresado en un hospital, con muchísimo dolor, y con una limitación de movimientos que se iba a mantener por muchos meses. Médicos, medicina, rehabilitación, dolor,… todo eso me dejó el accidente durante hoy no sé si 6, 7, 8 o incluso más meses. Fue una pesadilla. No se lo deseo a nadie. Ese fue el primer punto de inflexión. No tardó demasiado en llegar. Y lo cambió todo.

El segundo punto de inflexión, que acentuó el descenso anímico sucedió en la navidad de 2013; pero eso no sé si contarlo o reservarlo para mi. El tiempo lo dirá

(…)