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Una vuelta por Sevilla

Cada vez que veo este video estoy en Sevilla. Por un rato. Para soñar.

Este soy yo según mi hermano:

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Unidos bajo el mismo sol

Me imagino que si comprendiese la teoría de la relatividad, lo entendería.

Recuerdo cuando vivía en España muy lejos de la persona a la que quería entonces (y hoy). Estábamos lejos dependiendo de para qué. Para darnos una pedrada; para quedar por la noche para tomar una cervecita y no recogernos muy tarde. Lejos, para tener la misma sensación de frío o calor. Lejos, para que el sol que nos alumbrase no tuviese la misma fuerza.

Quizá por aquello de la negatividad que se siente al no poder abrazar a quien quieres, no medía la relatividad de nuestra distancia con el sol, sino con la luna. Cuando era de noche, en nuestra oscuridad, siempre podríamos mirar al cielo y encontrar a lo que nos lanzaba un pequeño haz de luz, simultaneamente y por igual, a los dos. Y es que, como la luna no calienta, las diferencias no son tan grandes dependiendo de la latitud o longitud desde dónde la miremos.

Esa luna me hacía, de alguna forma, estar cerca de tí. De ella. De todo.

Habiendo cambiado la necesidad de una, por la necesidad de muchos. Habiendo cambiado el calor por el frío. El amarillo por el gris. Una franja roja por una negra. El triángulo por el cuadrado. En esas circunstancias me veo nuevamente en la necesidad de buscar un nexo de unión con aquello que tanto me falta (nos faltamos). Y ese es el sol.

Este sol que aquí no seca, no me hace olvidar al que quema. Este sol debilitado por el ambiente, no me hace olvidar al que se hace grande siempre que se le necesita. Piel blanca contra orgulloso bronceado.

Te quiero hermano. Estemos dónde estemos, siempre nos alumbra el mismo sol.

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Domingo de Ramos en Sevilla (Berlín)

Berlín, un Domingo de Ramos cualquiera.

Acabo de sacar el traje del armario. Está en perfectas condiciones, al igual que los zapatos. Este año no debería tener ningún estrés por querer dejar perfecto el que es el indumentario básico del sevillano en Semana Santa. Lo vuelvo a meter en el armario.

Miro por la ventana y el tiempo pinta mal. Mi padre escribe por whatsapp para decir que está chispeando en San Jacinto. Según mis cálculos, la lluvia de Triana tarda 5 días en llegar a Berlín, así que se complica la Madrugada alemana. Hoy tampoco creo que salga ninguna.

Los balcones no están adornados, ni las mujeres arregladas, ni parece que nadie esté estrenando nada hoy. Voy a la cocina y me faltan guisos. Ni espinacas, ni cola de toro, ni salmorejo, ni torrijas,… nada.

Estoy escuchando el Llamador, aun no se sabe si va a salir La Paz. De buena gana cogería la moto y me iría a verla salir como tantos años he hecho. Pero ni tengo moto, ni me daría tiempo a llegar.

Levanto la vista del teclado y veo en la pantalla de mi portátil alemán como me destaca, a las palabras anteriormente escritas, “salmorejo” y “torrijas”, como palabras desconocidas. Y otra vez más. Cómo te lo podría yo explicar.

“No se puede estar en misa y repicando”, “teta y sopa no caben en la boca”, … no se puede vivir en Berlin, y disfrutar de la Semana Santa. Aquí nunca habrá de eso. Y como no lo habrá, lo voy a soñar.

Y voy a soñar que esta mañana me he levantado bien tempranito para sacar a mi perro Carpeta, para que se desahogue un poco, y para que no esté pesado cuando vengan las visitas que seguro llegan a ver como pasa la Hiniesta por debajo de mi casa. Y después voy a esperar que aparezca mi madre por la esquina de La Pastora para invitarme a un cafelito, que nos beberemos mientras me cuenta como tiene organizado el día de todo el mundo. Ya seguro que se ha levantado mi mujer, y seguro también que mi padre tiene hambre, así que apuro el café y me dirijo a la Hacienda para tomar unos calentitos que me van a hacer arrepentirme de la decisión durante las próximas 5 o 6 horas.

Después voy a llegar a casa, voy a ponerme el traje y voy a coger de nuevo, con mi padre y mi hermano, y me voy a ir a tomar una cervecita al Vizcaino mientras espero que aparezca por allí mi amigo Nacho, que ya no se separará de mi hasta bien entrada la noche.

Mi madre llama, son casi las dos, se está llenando la calle, llegan las visitas y tenemos paso a paso que volver a casa. Cuando llegamos ya está el piso lleno. Parece mentira que tanta gente entre en un sitio tan chico. No hemos cruzado la puerta, y ya tenemos un botellín en la mano y un trozo de empanada. Y no pasa mucho cuando se escucha a la banda de Cruz de Guía.

Y con lo que pasará después seguiré soñando.

Da igual que esté escuchando ahora mismo como en Sevilla llueve, la Semana Santa en mi mente es un día de sol y calor. Un día de brisa suave por la noche. El cielo despejado. La chaqueta que te sobra pero que no te quitas. Jaleo en la calle. Gente guapa. Una cervecita por cada paso que ves. Mucha bulla. Gente que te molesta pero sin la cual no entenderías todo lo que nos rodea. Azahar. Incienso. Música. Capillitas.

El Domingo de Ramos que sueño no tiene nada que ver con el que voy a vivir, pero muchas veces tienes que estar lejos de lo que quieres para saber por qué lo quieres.

El año que viene, o algún año, volveré.

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Fale Fdz – Sevilla, 2012

 

Puente de Triana

Permítanme la inmodestia.

La foto fue tomada el 29 de Septiembre de 2012… hace tanto y tan poco a la vez.

No estoy seguro ni mucho menos de que sea mi mejor foto, pero desde luego si que es la foto que más me ha acompañado desde entonces, y la más reproducida. Tengo incluso la reproducción en oleo de la fotografía realizada por una conocida. Me he acordado de la foto, y creo que tiene lugar aquí.

Espero que os guste, y si alguien la quiere, que no tenga la más mínima duda en contactarme.

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Inge Morath – Sevilla, 1955

Sevilla

Enlace al catálogo de la fotógrafa: Inge Morath

En la época de la fotografía, 1955, ni siquiera mis padres habían nacido. Descubrí con sorpresa esta foto dentro de un libro que me encanta y que está sirviendo de base a estas primeras entradas sobre fotografías que estoy realizando.

En la foto, vemos una instantánea que no ha cambiado demasiado en estos últimos 60 años (que se dice pronto). La foto está localizada en Sevilla, esa es la única información que tengo de la fuente original, por lo que podría tratarse de la feria, o de la Romería del Rocío. Buscando un poco más de información, parece ser que se trata de la segunda opción.

Me unen muy buenos y bonitos recuerdos a esa Romería. Todo está ya inventado.

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¡Hágase el derecho! (Mi pasantía)

Calle Agua

Volvamos un rato a principios de 2005.

Obviemos nombres, y algunas realidades.

Fue entonces cuando empecé a trabajar. De nuevo. En un despacho de abogados. Bueno, no a trabajar. A hacer mi pasantía.

Unos meses antes de lo que relato, me reuní con el que, después, se convertiría en mi maestro. En su despacho. Recuerdo sus palabras. Algunas de ellas. Ahora, en concreto, recuerdo que me dijo algo así como: “encárgate de aprobar las asignaturas en la Universidad, que yo me encargaré de hacer un buen abogado de ti”.

Con motivo de una relación personal de la que cada vez guardo peor recuerdo, las cosas no iban bien en la Universidad. Empecé a dejar de ir a clase. A dejar de estudiar. A dejar de relacionarme con los amigos de allí. Y como consecuencia lógica: dejé de obtener buenos resultados.

Pero volvamos a lo anterior. En la oferta que me hizo este hombre, vi la posibilidad de obligarme a mejorar en la Universidad. Y a la vez, me labraba un futuro. Dicho y hecho. Quedé con mi maestro; le engañé diciéndole que tenía aprobadas asignaturas que no tenía. Le dije que sabía lo que no sabía. Y el se ofreció a ayudarme (posiblemente, sabiendo que mentía). Y me ofreció la oportunidad de empezar.

Y lo que empezó fue una relación -irregular en la intensidad- que se alargó por varios años.

Empecé recibiendo pequeños encargos. Pero llenos de responsabilidad. Recuerdo sentarme con él; que él empezara a hablarme del expediente; de conceptos jurídicos; de estrategias; y recuerdo no enterarme de nada. Sin mostrarlo, nada más llegaba a mi rincón del despacho, apuntaba las palabras claves con la que me había quedado, y empezaba desde cero a buscar y construir una realidad jurídica que desconocía por completo. Tengo muy buenos, y muy bonitos, recuerdos de aquello.

Mi maestro tuvo en su padre al suyo. Y creo que desde el primer momento me trató más como un padre a esos efectos, que como un jefe. Fueron muchas horas las que compartimos juntos. Muchas experiencias y mucha confianza.

La irregularidad de la que hablé antes iba referida al hecho de que, si el encargo no me gustaba, empezaba a darle vueltas al asunto y a buscar excusas para no tenerme que enfrentar a lo que no me gustaba. Y podía estar semanas sin ir.

Y así fueron pasando meses y años.

A mi lado tenía una persona extremadamente negativa. Y me dejé llevar. Culpa, exclusivamente, mía. Empecé a no ver que estaba aprendiendo. Que me estaban dando una oportunidad. Confianza. Me estaban enseñando a ganarme la vida. Y no lo aprecié. Empecé a creer que tenía más derechos de los que recibía. Empecé a exigir sin pedir. A esperar sin hablar. A decepcionarme con una realidad que, ahora entiendo, estaba malinterpretando.

Acompañó a lo anterior una mala época dentro del propio despacho que incluyó una guerra entre dos personas que apreciaba mucho, y que supuso diferentes batallas en las que me vi profundamente afectado.

El mal ambiente en el despacho se unía al mal ambiente en la que fue mi relación personal, mal ambiente en la familia, mal ambiente en la Universidad, y empezó una etapa negra de mi vida profesional de la que aun no he salido.

Acabé la carrera, y la situación no cambió. Una de las batallas arriba comentadas me relegó a una posición dentro del despacho que no me gustaba nada. Económicamente la situación fue a mucho peor. El ambiente estaba demasiado gris. Y llegó la última batalla que perdí con una compañera del despacho, que me llevó a dejar aquello.

Y hasta hoy.

Fueron muchos años muy bonitos. Años de compañerismo. De buen ambiente. Años de aprender. Años de mejorar. Años de amistad. Sin embargo, esos años quedaron empañados por unos seis últimos meses realmente malos, y desagradables, y así han estado en mi mente hasta hoy, que escribo estas palabras.

Hace ya muchos años de aquello. Ha pasado mucho tiempo, y desde que les dejé no he tenido prácticamente ocasión de reencontrarme con nadie de allí.

A veces me gustaría volver. Llamar a mi maestro. Tomar un café y charlar. Intentar, no solucionar las cosas, pero sí agradecer todo lo que se hizo allí por mi, y reconocer todo lo que aprendí.

Pero agua pasada no mueve molino. Cada día que pasa tiene más presencia en mi cabeza el buen recuerdo de aquello, que el malo. Temo reabrir una herida. Y cobardemente, actúo en consecuencia.