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Unidos bajo el mismo sol

Me imagino que si comprendiese la teoría de la relatividad, lo entendería.

Recuerdo cuando vivía en España muy lejos de la persona a la que quería entonces (y hoy). Estábamos lejos dependiendo de para qué. Para darnos una pedrada; para quedar por la noche para tomar una cervecita y no recogernos muy tarde. Lejos, para tener la misma sensación de frío o calor. Lejos, para que el sol que nos alumbrase no tuviese la misma fuerza.

Quizá por aquello de la negatividad que se siente al no poder abrazar a quien quieres, no medía la relatividad de nuestra distancia con el sol, sino con la luna. Cuando era de noche, en nuestra oscuridad, siempre podríamos mirar al cielo y encontrar a lo que nos lanzaba un pequeño haz de luz, simultaneamente y por igual, a los dos. Y es que, como la luna no calienta, las diferencias no son tan grandes dependiendo de la latitud o longitud desde dónde la miremos.

Esa luna me hacía, de alguna forma, estar cerca de tí. De ella. De todo.

Habiendo cambiado la necesidad de una, por la necesidad de muchos. Habiendo cambiado el calor por el frío. El amarillo por el gris. Una franja roja por una negra. El triángulo por el cuadrado. En esas circunstancias me veo nuevamente en la necesidad de buscar un nexo de unión con aquello que tanto me falta (nos faltamos). Y ese es el sol.

Este sol que aquí no seca, no me hace olvidar al que quema. Este sol debilitado por el ambiente, no me hace olvidar al que se hace grande siempre que se le necesita. Piel blanca contra orgulloso bronceado.

Te quiero hermano. Estemos dónde estemos, siempre nos alumbra el mismo sol.

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