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1- En algún lugar de Brandemburgo

 

No para de llover. Llueve sin parar. Frio. Gris. Tristeza. Dolor. Llueve.

Hoy he vuelto a aprender que no sé dónde estoy. Ni a donde voy. Que no sé lo quiero, ni lo que dejo de querer. Que no soy feliz sin dejar de serlo. Que me tengo y no me tengo. Que me voy, y que me quedo. Que tengo miedo. Y frio.

Deseo hacer cosas que deseo. Pero no tengo tiempo para ese deseo. Soy feliz, y no. Me gusta lo que hago, y no. Y no.

En algún momento de hoy he levantado la cabeza, he abierto bien los ojos, y he visto mi futuro. Con la poca movilidad que me dejaba la chaqueta de la moto, me he quitado los guantes de invierno para darme cuenta de que no tenía mucha movilidad en los dedos. Más por fuerza que por maña he conseguido sacar el móvil del bolsillo, desbloquearlo, enfocar buscando el encuadre que quería y hacer la foto que me habla de lo que viene. O de lo que veo que viene.

Algún lugar de Brandenburgo

No he acabo de salir de una situación incómoda cuando, tras un cambio de rasante, un giro de noventa grados me coloca en el punto de partida que algo más de 1cm más arriba se deja ver.

Un camino embarrado, frío, peligroso, dónde no se acierta a ver un fin, ni se sabe cual es este fin.

Me temo que el éxito de la batalla dependerá de las ganas que tenga de divertirme a la hora de recorrer ese camino, de la montura que lleve bajo el culo (aunque sólo sean las piernas), de lo dispuesto que esté a ensuciarme y del tiempo que siga siendo capaz de mirar hacia adelante.

Pero tengo miedo, y hace frío. Y llueve.

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Mi primera aventura

Vietnam

Tal día como hoy, quizá como el de ayer, se cumplen años de mi primera aventura en solitario en el extranjero. Fue en 2010. Antes había viajado lo suficiente, contando incluso con un par de viajes bastante grandes, pero nunca había ido al extranjero sólo.

El motivo del viaje fue pasar las vacaciones con Alice. Normalmente en España el mes de agosto es un mes inhábil para los abogados y decidí pasarlo con ella. Su cumpleaños es tal día como hoy, por eso adelanté el viaje un par de días. Por otra parte, la última vez que nos habíamos visto había sido en Sevilla para la gran despedida.

Mi inglés era en aquel momento lamentable y mi alemán, inexistente. La idea de hacer el viaje era la de darle una sorpresa, y celebrar su cumpleaños, por lo que compré billetes y organicé el viaje yo solo.

Como no tenía ni idea de cómo era el sitio al que iba, contacté a una amiga de Alice (Katha) para pedirle consejo. ¿Dónde podría dormir?, ¿Dónde llevar a Alice?. Me comentó para mi desgracia que esa misma semana había cambiado de ciudad, que no me podía ayudar demasiado, pero si que me hizo muchas recomendaciones.

Alice tenía el día después de mi llegada, muy temprano, un examen, por lo que decidí que lo mejor era llegar y pasar la noche por mi cuenta, y ya a la mañana siguiente ir a buscarla a la Universidad en el momento en que saliera del citado examen.

Como la cosa no estaba muy bien de dinero, me busqué la forma más barata de llegar a mi destino: Jena. Jena es una ciudad preciosa en el centro de Turingia, conocida por su gran y afamada Universidad, por su industria de cristal (con fábricas tan famosas como Carl Zeiss) o por ser la ciudad más cercana a ese paraíso que es Weimar.

Por aquella época operaba un vuelo desde, creo, Sevilla con destino a Altenburg, que es un pueblo a una hora y algo en tren de mi destino. El aeropuerto no era mucho más que un hangar con una pista de aterrizaje. Fue una sensación muy especial acabar ahí. Pero bueno, ahí estaba. Busqué un autobús que me llevara a la estación de trenes, cogerlo, y cruzar los dedos para no haberme equivocado.

En ese tren fue la primera vez que tuve que hablar con alguien en inglés por mi propio interés. Recuerdo planear la frase durante bastantes minutos. La pregunta era tan sencilla como ¿es esta la parada Jena-West? Pero no tenía ningún tipo de seguridad en mi. Pregunté, me contestaron muy amablemente, pero no entendí lo que me querían decir, posiblemente motivado por el bloqueo vergonzoso que tenía. Tuve que tirar de un plan B. Así que me coloqué cerca de una ventana al objeto de mirar bien para ver si identificaba algo que me dijese que estaba en mi destino. Y así fue. No tardó mucho en llegar mi parada. Y me bajé.

Habida cuenta de que si bien mi inglés me servía para decir lo que quería, no me servía para entender lo que me contestaban. Además, habiendo siempre he tenido problemas con las indicaciones (aun las tengo), no me aventuré a pedir ayuda a nadie para que me indicase mi dirección. Por suerte, precavido que es uno, me había descargado unos mapas en mi móvil. No sabía dónde estaba, pero me puse a andar. Por suerte, en la dirección correcta. Jena no es una ciudad muy grande, pero si lo suficiente como para equivocarse y meterse en un problema. Pero bueno, yo seguí mi camino hasta que llegó de nuevo un punto en el que me sentía perdido. Así que saqué el móvil, abrí el mapa, y traté de buscar una identificación que me dijese dónde estaba en ese momento. Y llegó uno de esos momentos mágicos que no sabes por qué pasan.

Miré a la izquierda, y en ese momento, a unos 100 metros, en una dirección completamente diferente a la mía, veo que Alice está cruzando la calle. Iba con un pantalón vaquero remangado, y una camiseta color mostaza. Hacía prácticamente dos meses que no nos veíamos, y sus facciones habían dejado de serme familiares (esto me pasaría durante los siguientes 3 años). Ella paró, miró a su izquierda, y me vio. Coincidimos en una calle que no era la suya, en una ciudad que no era la mía, y paramos para buscar algo en el mismo instante. Y ahí estaba el otro. Aun me parece increíble.

Lo que pasó después queda para nosotros. Pero fue el inicio de un verano maravilloso. Hasta entonces, el mejor de mi vida. Ese verano me enamoró del país dónde ahora estoy. Y aquí estoy. Y aquí espero quedarme.